Les cahiers de psychologie politique

Articles Amérique Latine

José E. García

El proyecto de una psicologia politica en el paraguay o el equilibrio entre historia, cultura y comportamiento

The project of a political psychology in Paraguay or the balance between culture, history and behavior

Abstract

The study of political psychology as a specialized area within psychology began to be discussed in a very nearby date in Paraguay. But despite this recent inception, there are important precedents in the work of historians, lawyers and writers from diverse backgrounds who analyzed the peculiarities of the behavior of the Paraguayans from a historical and social perspective. This approach is not an accidental or arbitrary choice. The history of this country provides numerous instances where there can be studied the processes of collective construction of nationality as a response or alternative to the siege suffered by the influence of external factors and to the action of internal political and social processes. In Paraguay there was a very active miscegenation during the colonial era as well as an assimilation of the indigenous culture to the set of traditions and customs that provided the Spanish colonizers. From there, several important moments of the national history can be examined in search of elements and interpretative keys to understand the configuration of the political behavior typical of the Paraguayans. In themselves, these factors coming from the national history and culture are not yet proven hypothesis susceptible to integrate a theory of political behavior. They constitute basic inputs with the potential to contribute to the identification of those elements that may be subject to a subsequent check that simultaneously uses the current behavioral sciences methodological resources. This chapter offers a preliminary synthesis to configure a valid agenda for the research on political psychology in Paraguay.

Extracto

El estudio del comportamiento político como área especializada dentro de la psicología ha comenzado a discutirse en el Paraguay fecha muy cercana. Pero pese a este comienzo reciente, existen antecedentes importantes que pueden encontrarse en la obra de historiadores, abogados y escritores de diversa procedencia que analizaron las peculiaridades del comportamiento de los paraguayos desde una perspectiva histórica y social. Esta aproximación no constituye una elección accidental ni arbitraria. La historia de este país ofrece numerosas instancias desde donde puede enfocarse el proceso de construcción colectiva de la nacionalidad como una respuesta o alternativa al asedio sufrido por factores externos y a la acción de procesos políticos y sociales internos. En el Paraguay se produjo un mestizaje muy activo durante la era colonial así como una asimilación de la cultura indígena al conjunto de costumbres y tradiciones que aportaron los colonizadores españoles. A partir de allí, varios momentos importantes de la historia nacional pueden examinarse en busca de elementos y claves interpretativas para la configuración del comportamiento político característico de los paraguayos. En sí mismos, estos factores que provienen de la historia y la cultura nacional no constituyen todavía hipótesis comprobadas susceptibles de integrar una teoría del comportamiento político. Son insumos básicos con el potencial de contribuir a la identificación de aquéllos elementos que puedan ser objeto de una comprobación posterior que a la vez utilice los recursos metodológicos de las actuales ciencias del comportamiento. Este capítulo ofrece una síntesis preliminar para configurar una agenda válida en la investigación de la psicología política en el Paraguay.

Keywords

political psychology, culture, history, political behavior, national character, Paraguay

Palabras claves

psicología política, historia, comportamiento político, carácter nacional, Paraguay, cultura

Texte intégral

Una sentencia muy conocida del gran filósofo griego Aristóteles (384-322 a.C.) reza que el hombre es por naturaleza un animal político o social (Aristóteles, 1967). La máxima, sostenida con la breve contundencia de lo simple, concita uno de los elementos más poderosos en la concepción de la política como una obra esencialmente humana, aquél que indica una absoluta dependencia para esta esfera del accionar con relación a las necesidades de nuestra especie y el anclaje de lo político sobre la esfera de lo conductual. Por ello no es extraño que las ciencias del comportamiento hayan reservado una franja de especialización para este tema. Es así como surgió la psicología política, que conforma un campo de estudios e investigación cuyas características resaltan por lo dinámicas y cambiantes y que además admite influencias conceptuales y teóricas muy diversas. En general su área de acción se sitúa en el encuentro que forman las ciencias sociales, de manera particular dos de ellas: la sociología y la politología, con las temáticas y perspectivas metodológicas de diversas áreas o sub disciplinas que toman cuerpo dentro de la psicología, tales como la psicología social y la psicología intercultural.

La unión de psicología y política alcanzó una importante expansión académica en los decenios recientes, aunque al rastrear los antecedentes remotos parece imprescindible conducir la búsqueda muchas décadas atrás. Es así como las primeras manifestaciones pueden encontrarse en algunas obras concebidas durante la segunda mitad del siglo XIX, de las que un buen ejemplo constituye Der mensch in der geschichte («El hombre en la historia») de Adolf Bastian (1826-1905), volumen publicado en 1860 y donde, según refiere Rudmin (2005), se habría utilizado por vez primera el concepto de psicología política de manera explícita. Para muchos de quienes escribieron artículos de revisión sobre los antecedentes en este campo, el tratado de Gustave Le Bon (1841-1931) titulado Psychologie politique et la défense sociale (Le Bon, 1910) debe considerarse como la primera publicación de importancia que se haya producido en el terreno de la psicología política. El prestigio e influencia intelectual de Le Bon dentro de la investigación social de la cognición y el comportamiento son indiscutibles, pero el asignar a su libro como una de las fuentes primarias para la psicología política mantiene otro criterio de interés fundamental: su concentración en los factores sociales y en las dinámicas de interacción grupal como determinantes activos de los hábitos humanos. Otros autores de este período inicial en la evolución de la psicología política se han concentrado también en las particularidades del comportamiento de acuerdo al origen nacional, un aspecto que refuerza con vigor la importancia que adquieren la cultura y su diversidad en este tipo de estudios. El sociólogo francés Émile Boutmy (1835-1906), así como un contemporáneo suyo llamado Elói Luis André (1878-1935) son exponentes del trabajo en esa dirección particular (Soares da Silva y Zonta, 2010). Al mismo tiempo Valderrama (1986), centrado en los estudios sobre el carácter nacional en América Latina, rescata otros exponentes de la tradición latina cuyas contribuciones a este campo son habitualmente poco mencionadas, como los italianos Alejandro Groppali con su obra Psicología Social y Psicología Colectiva en 1895 y Pascual Rossi con El alma de las multitudes en 1898, mientras que en España destaca Rafael Altamira Crevea (1866-1951) con una Psicología del pueblo español. Entre los autores franceses menciona al propio Le Bon con una obra representativa titulada Leyes psicológicas de la evolución de los pueblos (Le Bon, 1912) y también Alfred Fouillée (1838-1912) con su Bosquejo psicológico de los pueblos europeos (Fouillée, 1943). En el período más reciente de conformación de la psicología política, que ya se instala de lleno en el siglo XX, se distinguen tres fases que marcan su desarrollo como disciplina. La primera abarca las décadas de 1940 y 1950 y se encontraba centrada en el estudio de la personalidad y la cultura. La segunda etapa comprende los decenios de 1960 y 1970 y en ese intervalo los estudios más abundantes se referían a las actitudes políticas y el comportamiento del elector. Finalmente la tercera era se registra en las décadas de 1980 y 1990 y sus focos de interés se desplazan hacia la investigación de la ideología política y los sistemas de creencias (McGuire, 1993).

Es claro que la manera particular como cada individuo afronta las diferentes alternativas que se alzan en su abanico de opciones para intervenir sobre la realidad circundante tendrán una relación esencial con las respuestas que permite la cultura en la que se halla inmerso. Estas modalidades de acción conciernen a esa interacción única que se produce entre el individuo y los diversos actores y situaciones de la vida colectiva, así como a sus tradiciones y costumbres. Es por este motivo que la historia destaca nítidamente cono otro componente esencial dentro de este complejo engranaje que en definitivas conducirá a la formación de los hábitos esenciales. No se trata aquí de postular que existe un determinismo ciego e inflexible de la historia respecto a las conductas del individuo, algo así como un eslabón de acero que forma una cadena imposible de quebrar. Si de esta manera opináramos, la historia terminaría asumiendo la apariencia de un ente casi metafísico. Esto sería, ni más ni menos, la afirmación de una influencia tal que impone a las personas una dirección ineludible y de la que no logran apartarse. Hay que ser claros en este sentido. La determinación del comportamiento humano siempre es causal de hecho, pero se halla sujeta a una infinidad de elementos o variables que componen lo típico e individual que se observa sobre sus resultados finales. Estas se sitúan a medio camino entre los condicionantes genéticos y biológicos por un lado, y por otro los que proceden de acciones exteriores al individuo o extra genéticas, como los procesos relacionados con la inculturación social y la diversidad de los ambientes locales, regionales o nacionales, con sus costumbres, usos y tradiciones diversas.

Las influencias de la historia y la cultura constituyen fuerzas multicausales antes que determinaciones lineales. Asimismo, las acciones usuales que se desarrollan en los ámbitos que comprometen el pensamiento o las opciones políticas singulares de cada individuo así como la acción colectiva de los grupos a los que ellos pertenecen son instrumentales, es decir, consisten en movimientos que se ejecutan en el marco de la acción concreta de cada día en procura de lograr algún fin, o cuando menos una meta apetecida como parte de los intereses cotidianos. Resulta entonces innegable que los comportamientos asociados dependerán de la persistencia y el mantenimiento de rutinas que responden a necesidades de toda la sociedad o, cuando menos, de grupos específicos. Los intereses de estos, por supuesto, no tienen siempre que coincidir por fuerza con los de las personas individualmente consideradas. Con regularidad existen desacuerdos y a causa de ello los conflictos pueden ser frecuentes. Pero en estos contextos es que aparecen inclinaciones conductuales muy concretas hacia un objetivo u otro y que se desencadenan por obra de la coacción o la manipulación, abarcando también la esfera del comportamiento político. Los actores y los líderes sociales hacen gala de un discurso determinado en el que utilizan símbolos o consignas dentro del repertorio de lo que resulte aceptable para la comunidad. El efecto de estas elaboraciones discursivas es lograr la adhesión o el apoyo de la población mayoritaria a sus consignas a través de alguna forma de instrumentación activa. Esta realidad puede a veces transmitir a la política la negativa imagen de una actividad perversa y egoísta, aunque tampoco tendría que descartarse la presión que ejerce la opinión pública o los sectores de poder en sentido amplio sobre las actitudes o el desempeño público de quienes convierten a la política en una actividad profesional y sirven a sus propósitos para el buen común o se sirven de ella para sus fines individuales o corporativos. Es probable que el líder político se ubique siempre hacia un punto más cercano o más lejano al cumplimiento de sus propios intereses en la media que la población a la que sirve tenga la capacidad crítica o contralora para exigirle rectificaciones. La tarea investigadora de la psicología ingresa así a un complicado escenario donde se entrecruzan motivaciones, emociones y la transmisión de símbolos precisos a través del lenguaje que conllevan expectativas y propósitos o el ejercicio simple y directo de la persuasión, o en el peor de los casos, el engaño abierto y desmedido. Cuando se encara la discusión a tales niveles de análisis, muchos son los puntos de contacto que emergen inmediatamente entre la psicología y la política.

La investigación sobre el comportamiento político aún se encuentra en sus estadios iniciales en el Paraguay. Como ocurre con cualquier otra disciplina, es factible identificar antecedentes originados en la obra de autores que impulsaron discusiones respecto a tópicos que guardan puntos de contacto estrecho con las costumbres y los hábitos sociales característicos de un pueblo, que en resumidas cuentas son el sustento normal para el accionar político. García (2013a) exploró los conceptos trabajados por algunos de estos autores, analizando de manera específica las ideas de Manuel Domínguez (1869-1935) que escribió en los comienzos del siglo XX y las de Epifanio Méndez Fleitas (1917-1985) durante la segunda mitad de la misma centuria. Estos son los casos más representativos aunque no los únicos. Ninguno de los dos fue psicólogo de profesión, por supuesto, pero en sus enfoques se distingue una interesante asimilación de conceptos que provenían de esa disciplina. Pero el que no exista una psicología política completamente desarrollada no significa que los problemas susceptibles de ser investigados se encuentren ausentes. De esta manera, el supuesto central que guía este capítulo es que los comportamientos políticos deben ser analizados tomando en cuenta las influencias que ejercen la historia, las tradiciones, los valores sociales y los símbolos compartidos culturalmente y que se refieren a los matices propios de la identidad nacional que detenta cada pueblo. La historia de esta nación ofrece muchos ejemplos útiles desde donde comenzar un análisis. En efecto, el Paraguay ostenta una historia con momentos puntuales donde su misma existencia como nación ha estado en riesgo, o en la que varios líderes políticos han basado su acción sobre el uso de símbolos e interpretaciones de la historia que exaltan perfiles nacionalistas. Parece adecuado buscar en este cimiento cultural la explicación de muchas características corrientes del pensamiento político cotidiano en este país. Para adentrarse en el problema, nada mejor que un poco de historia sintética del Paraguay.

El escenario de la historia paraguaya

Para comprender adecuadamente las singularidades que reviste el comportamiento político de los paraguayos contemporáneos es asunto de gran utilidad conocer su historia, discutirla en lo que respecta a sus detalles esenciales y analizar de forma crítica los condicionantes fundamentales que ha debido enfrentar esta nación de perfiles definidos en los momentos cruciales que ha vivido en sus casi cinco siglos de existencia. Para muchos de los intelectuales paraguayos que escribieron en los últimos dos siglos, la investigación histórica representó no solo el compromiso esencial con la búsqueda, esclarecimiento y exposición de los datos históricos objetivos. Ha significado también un eficaz mecanismo intelectual que contribuye a fundamentar los principios básicos para una estructura interpretativa, que en ocasiones ha podido rozar quizás el discurso ideológico, para sostener con fuerza la idea y el predicamento de una identidad nacional muy diferenciada y contrastante. Esta intención, que no siempre se menciona en forma implícita, y que posiblemente no sea compartida por el grueso de los cultores de la historia, parece sin embargo estar siempre presente al menos en la forma de un supuesto implícito. Es un sentido en el cual la historia puede verse como una tarea educativa e incluso aleccionadora para todas las generaciones de habitantes del país, las presentes y las futuras. Esta labor de los historiadores ayudó a modelar, en buena medida, una visión de país, de destino nacional y de formación y sentido comprometido con la realidad y la esencia profunda del país. Desde luego no siempre ha habido consenso en torno a sus puntos principales ni a las conclusiones sobre el significado de los sucesos y los protagonistas. Los debates y controversias han cobrado fiereza en numerosas ocasiones, producto de la diversidad de perspectivas que entraron en juego y de los perfiles antagónicos de quienes explican los procesos que determinan el devenir nacional. Sobre la base de esta particular toma de conciencia es como más conviene exponer los datos básicos en la historia del país.  

Los españoles arribaron al Paraguay en la mitad inicial del siglo XVI. Una parte esencial en este derrotero de la conquista lo constituía el establecimiento de fuertes que cumplieron la función de poblados para tomar posesión del nuevo territorio. La primera fundación que acometieron fue la Casa Fuerte «Nuestra Señora de la Asunción», probablemente en un lugar que se encuentra próximo al Cerro Lambaré, donde los españoles libraron previamente una difícil batalla con los indios carios que dominaban el sitio. Estos fueron derrotados tras dura refriega y dos días después, el 11 de enero de 1537, los españoles lograron establecer el fuerte. La hazaña puede considerarse como la primera fundación de Asunción (Pistilli, 1987). Tras su éxito allí continuaron ascendiendo por el río y al mes siguiente establecieron el Fuerte de Nuestra Señora de la Candelaria, que hoy se denomina Bahía Negra, el 2 de febrero de 1537. Algunos también consideran que su ubicación en realidad coincide con el poblado de Corumbá. Este segundo emplazamiento se encuentra al norte del Río Pilcomayo. El fundador histórico de ambos fuertes fue Juan de Ayolas (1510-1538), quien luego se dirigió en dirección noroeste, en busca de la Sierra del Plata, una de las motivaciones principales que impulsaban los esfuerzos expedicionarios de los europeos, y desde luego su reconocida codicia.

Ayolas sucumbió en su largo camino de exploración, víctima de una emboscada indígena. Sus compañeros emprendieron la búsqueda y pasaron por donde hoy se encuentra arraigada Asunción. Fueron recibidos por los habitantes nativos de una manera amigable y hospitalaria. Les proporcionaron víveres y otros obsequios para el viaje. Como hemos visto no ocurrió siempre lo mismo en los demás sitios. En otras partes del Paraguay les aguardó férrea resistencia de los pobladores autóctonos y con frecuencia la tarea expedicionaria fue riesgosa. Pero esta actitud de las etnias en la bahía de Asunción, las parcialidades de carios llamados curupiratí y caracará, siempre resultó contrastante con el recibimiento hostil que debieron afrontar los españoles en latitudes norteñas como el Perú por ejemplo, lo cual en más de un sentido dejó marcas indelebles de lo que autores como León (2010) han denominado la escena primaria, concepto que se refiere a las vicisitudes del encuentro conflictivo de los conquistadores españoles con los aborígenes de aquél país. En Paraguay las resonancias de esta convivencia pacífica igualmente determinaron las características de una asimilación que habría de producirse respecto a la figura del indio, lo cual podría explicar algunos referentes típicos en el comportamiento de los paraguayos. Sobre este punto habremos de abundar más adelante. La avanzada española estableció el puerto y Casa Fuerte de Nuestra Señora de la Asunción, el 15 de agosto de 1537. El artífice fue Juan de Salazar (¿1508?-1568). Esta quedó como la fundación definitiva, ya que la anterior no sobrevivió. En términos prácticos, Asunción debía cumplir la finalidad de ser el amparo y reparo de la conquista (Cardozo, 1965) y con esa convicción salieron de aquí varias partidas expedicionarias que levantaron sucesivas poblaciones en los amplios enclaves recién conquistados, entre ellos el de la segunda Buenos Aires, cuya fundación tuvo lugar el 11 de junio de 1580. Con miras a realizar aquélla enorme hazaña partieron de Asunción diez españoles y cincuenta y seis nacidos de la tierra, es decir criollos paraguayos, con sus respectivas familias, semillas, instrumentos de labranza y quinientas vacas, las primeras que se introdujeron a aquélla región (Sánchez Quell, 1955). Es por este motivo que a Asunción se le reconoce con el título de madre de ciudades. Los dos hombres mencionados previamente formaron parte de la expedición de don Pedro de Mendoza (1487-1537), quien fuera el primer Adelantado y Gobernador del Río de la Plata. Domingo Martínez de Irala (1509-1556) elevó el fuerte a la categoría de ciudad el 16 de septiembre de 1541 cuando se estableció el ayuntamiento de La Muy Noble y Leal Ciudad de Nuestra Señora Santa María de la Asunción, que es su nombre oficial tal y como figura en el acta de fundación. Se estableció el Cabildo de Asunción, en el molde de las más veneradas instituciones castellanas, lo cual fue igualmente el primer paso hacia la formación de un gobierno estable (Peña Villamil, 1969). Con estos acontecimientos también comenzó a cobrar forma la Provincia Gigante de las Indias, que en su dimensión geográfica abarcó una extensión tan grande que iba desde las Guayanas hasta Tierra del Fuego y desde partes del territorio peruano hasta la Isla de Tordesillas. En este tiempo inicial de su historia el Paraguay tenía una salida al océano y por su importancia estratégica se constituyó en el genuino centro de la conquista. La pérdida de ese acceso al mar, así como los sucesivos recortes que debió sufrir en su geografía original, habrían de sumar en el futuro algunos elementos para una característica mediterraneidad no solo física, sino también cultural.

Con la llegada de los colonizadores comenzaron a sentarse las bases para una nueva variedad genotípica humana. Los españoles tomaron a las indias por esposas y desde el principio se practicó sin complejos una nutrida mezcla entre miembros de ambos contingentes. Esto produjo no solo una conveniente alianza de intereses que sirvió para sostener en los hechos el costo político de una presencia extranjera en tierras ancestralmente indígenas sin la presión de sobresaltos comprometedores sino que además dio lugar a un activo proceso de combinación racial que tuvo como resultado la aparición de un actor nuevo y por completo inesperado en el escenario previo: el mestizo. La integración racial a que dio lugar el mestizaje estuvo más y mejor aceptada en el Paraguay que en otras regiones del continente (Ribeiro, 2009), aunque ello no permite ignorar que también haya dado lugar a expresiones de exclusión muy ubicuas y a veces hasta de un racismo bastante abierto. Algo menos visible pero con una importancia mayor se producía en el lento y sostenido proceso de asimilación cultural, que se inició al mismo tiempo. Ejemplo de una influencia recíproca en algunos casos, este fenómeno habría de convertirse con el tiempo en el sedimento más auténtico para la nacionalidad. La relación con los indígenas no siempre fue fácil, equitativa o justa en el Paraguay y para comprobarlo simplemente hay que mirar a la situación de indigencia que les toca en suerte a las parcialidades aborígenes en la actualidad, en que pasan sus días marginados y olvidados. Pero al menos en los inicios de la colonia los habitantes autóctonos no fueron perseguidos ni se convirtieron en enemigos al acecho como ocurrió en otros lugares. Ellos se fusionaron con los núcleos iniciales de población que formaron las primeras células urbanas en la capital. Aunque no todos se integraron. Muchos, especialmente las etnias más guerreras y beligerantes que pueblan el Chaco, con mayor celo por mantener inalterada su cultura, permanecieron distanciadas. Aunque también es cierto que la colonización de aquél territorio agreste, caluroso, seco y poco amigable para la vida humana, tardó mucho más en iniciarse. Tampoco deberían olvidarse algunas prácticas muy poco edificantes que pronto afloraron como el de la mita y la encomienda, que redujeron a los habitantes naturales del país a meros objetos de lucro fácil de los potentados con mayor caudal económico.

Los avatares de la colonización tuvieron otro elemento fundamental que fue el de la evangelización. Las primeras órdenes religiosas comenzaron a instalarse muy rápidamente en el país incluso antes de concluir el siglo XVI. Los franciscanos y los dominicos realizaron trabajos ingentes, establecieron labores misionales y se dedicaron a la enseñanza, pero fueron los jesuitas quienes realizaron una labor de más extenso alcance. Los franciscanos abrieron los primeros poblados de aborígenes y los miembros de la Compañía de Jesús perfeccionaron la empresa. Las misiones o reducciones de indios, que se establecieron no solo en el territorio del Paraguay sino también en el actual de Argentina y Brasil constituyeron verdaderas comunidades basadas en lo que muchos consideraron una utopía de la organización social basada en la rutina de la evangelización cristiana, la disciplina de los hábitos comportamentales y la coexistencia cotidiana dentro de un tipo de sociedad amparada en una reglamentación rígida y con características que recuerdan fielmente a una teocracia. Llegaron a existir treinta reducciones en total. En las misiones se mantuvo la fidelidad política al rey de España y al imperio de la monarquía como sistema. En este sentido su orientación fue conservadora. También cumplieron un rol político que tuvo significado en otro sentido mucho más práctico: el de servir como barrera a los poderes coloniales rivales. Las misiones formaron un freno eficaz a las entradas de los traficantes de esclavos o bandeirantes que provenían de Sâo Paulo. En más de una ocasión aquéllas incursiones motivaron reacciones de defensa de los guaraníes que residían en las misiones (Jackson, 2008). A decir verdad estos portugueses no buscaban anexarse territorio de manera prioritaria sino obtener mano de obra barata o esclavos para reducir costos en sus ingenios azucareros, comenzando a golpear a las misiones a partir de 1628 (Viñuales, 2007). Pero la formación de un ejército armado de indios que recibía entrenamiento de los propios padres de la compañía pronto despertó profundos recelos entre los paraguayos, ya que podrían estar en condiciones no solo de repeler los ataques de los bandeirantes sino también de oponerse con mucha efectividad a los criollos y los encomenderos de Asunción (Pérez, 2009). Una característica esencial de los jesuitas es que ellos no desecharon las prácticas y las tradiciones culturales que les preexistían, especialmente en la implementación de los rituales en general, sino que las reincorporaron en un contexto nuevo para redefinir y actualizar las exigencias del equilibrio interno que era necesario para la continuidad exitosa del proyecto (Wilde, 2003). Sin embargo, es un hecho que este experimento social de los jesuitas tuvo detractores en su tiempo tanto como en la actualidad. Pero aún con todas las críticas que puedan hacerse, es evidente que no se trató simplemente de una imposición forzada de la cultura y la religiosidad europeas tal como eran aceptadas en ese momento, o de un adoctrinamiento agresivo, compulsivo o avasallante. Su resultado puede verse mejor como la encarnación de los elementos básicos que sostiene la doctrina católica de los valores, en una búsqueda y práctica de la solidaridad, la dignidad humana, el bien común y una opción de preferencia hacia los pobres (O'Brien, 2004).

Pero los ecos de las turbulencias que estremecían a la monarquía ibérica también llegaron hasta el sur de América, principalmente los reflejos del movimiento de las comunas de Castilla. Los efectos no tardaron en sentirse. A partir de 1717 comienza a tomar cuerpo la revolución comunera del Paraguay. Este no fue un movimiento de conflicto en ejecución continua, su estructura es más semejante a explosiones populares esporádicas pero secuenciales. Los comuneros no eran anti monárquicos en absoluto, por eso no se los considera un movimiento independentista, aunque puedan ser vistos como precedentes en otros sentidos. Sus adherentes deseaban obtener mayor autonomía local basada en la voluntad popular y al mismo tiempo ganar el derecho, entre otras cosas, de elegir libremente a los gobernadores de la provincia. Pero su rebeldía fue interpretada por la corona como un inaceptable acto de sedición y se los combatió con energía, hasta extirparlos. Su líder más importante fue José de Antequera y Castro (1689-1735), un panameño que llegó a Asunción para interceder en los conflictos que los habitantes mantenían con el gobernador. Pero el, haciendo un giro completo y radical, terminó aliado con los insurrectos y convertido en su jefe. Antequera fue el ideólogo principal. En España estudió jurisprudencia y se especializó en el ejercicio de la abogacía. Después ofició de Fiscal de la Audiencia Real de Lima. Escribió que los pueblos no abdican de su soberanía y cuando la actitud de los gobiernos hieren la voluntad popular, la comunidad puede oponerse a ellos (Romero, 1995). Por supuesto no hubo contemplaciones con relación a su persona. El escarmiento fue didáctico. Murió en una cárcel de Lima sin renunciar nunca a sus principios. El movimiento sintetizó la lucha entre el absolutismo monárquico y centralista contra el ideal político de las autonomías locales (Díaz-Pérez, 1973). Pero los comuneros tuvieron otras aristas donde quedó estampado el estilo de su beligerancia. Surgieron conflictos con los jesuitas, que pueden verse como desentendimientos económicos más que de otra índole. Los enfrentaba la competencia por la explotación y venta de la yerba mate y la mano de obra gratis que para los jesuitas suponía el trabajo de los indígenas, cuya población estaba cifrada en ciento sesenta mil (Benitez, 1976). Los habitantes de Asunción consideraban como su derecho en concepto de encomenderos el contar con los nativos para la inversión productiva, una prerrogativa que les había sido otorgada por la corona. El comercio con la yerba mate formó parte esencial de la economía colonial y continuó hasta bien entrada la etapa independiente. Por cierto que la revolución comunera no produjo ningún éxito político a largo plazo, al menos dentro de los postulados originales que la movieron. Pero tuvo alguna influencia en que los jesuitas acabaran siendo expulsados en 1767.

Durante los días de la colonia fueron produciéndose varios hechos importantes que causaron un efecto muy directo sobre la importancia y el peso político del Paraguay en el amplio esquema de la conquista. Uno de ellos, ocurrido en virtud de la Real Cédula del 17 de diciembre de 1617 y que se gestó en tiempos que el criollo Hernando Arias de Saavedra, también llamado Hernandarias (1561-1634), fungió como gobernador entre 1592 y 1618, fue la división de la primigenia provincia gigante en dos: a) la del Río de la Plata que tendría su sede en Buenos Aires y b) la del Paraguay con asiento en Asunción y dependiente en forma directa del Virreinato del Perú. Esta decisión comportaba un aparentemente simple cambio administrativo y de mejor distribución de los recursos de la provincia, pero habría de tener en el futuro significaciones mucho más profundas y duraderas. Comenzaba de esta manera una relación complicada y agridulce con los sucesivos gobiernos instalados en Buenos Aires, que alguna vez había sido levantada gracias al coraje de expedicionarios que partieron desde Asunción para fundarla. Varias discordancias tomarían expresiones diversas en un continuo intento de sojuzgamiento y dominación, o por lo menos de evitar el progreso de la provincia tanto como fuera posible. Los cobros excesivos de impuestos a los productos paraguayos y las trabas a la circulación y el libre usufructo del puerto marítimo de Buenos Aires, comenzaron ya en una fecha tan remota como 1621. De hecho, esta actitud se observa más allá del fin de la era colonial y puede afirmarse que se proyecta incluso hasta el tiempo actual, donde los acuerdos económicos vigentes son ignorados muy a menudo por los burócratas que ofician en la nación vecina (Moreno, 2011). Prieto (1988) ha guardado un juicio histórico severo para Hernandarias, de quien supone que al aceptar el desmembramiento de la antigua provincia gigante en aras de intereses subalternos, truncó para siempre el destino de su propia patria, Asunción, la que se eclipsó lentamente y redujo su comunicación con el resto del mundo. Sin embargo otros investigadores como Sánchez Quell (1955) exculpan al gobernador de la responsabilidad ya que no fue su criterio el que se tuvo en cuenta para la demarcación de la provincia sino el que formuló el Virrey del Perú Juan de Mendoza y Luna, Marqués de Montes Claros (1571-1628). Por un lado la creación del Virreinato del Río de la Plata con capital en Buenos Aires y por otro la transformación en 1782 de la Provincia del Paraguay en intendencia y posteriormente la decisión de subordinar su autonomía a la jurisdicción de Buenos Aires, hicieron llegar a su máximo nivel la degradación política del Paraguay. Con España también emergieron desavenencias, que crecieron aún más luego de las arremetidas que llevaron a cabo los comuneros y la subsecuente pérdida de confianza hacia los asuncenos. Ellos, en general, pensaban que su tierra no recibía ni la atención ni los recursos que los habitantes anhelaban y creían merecer. Esto tampoco era del todo un accidente. Parece muy evidente que las instituciones políticas y económicas creadas por la metrópoli durante la era colonial estuvieron siempre pensadas y diseñadas para enriquecer a España, y no para promover la prosperidad de las colonias americanas (White, 1989). Todo esto generó comprensibles resentimientos. Para algunas conciencias lúcidas, era claro que había llegado el momento de impulsar un cambio radical.

En 1810 el Paraguay gozaba de estabilidad interna. Los contingentes que fueron a apoyar la defensa de Buenos Aires contra las invasiones inglesas estaban regresando a la patria, con la seguridad que otorga el éxito militar. Existía un fluido comercio fluvial, el puerto de Asunción registraba intensa actividad. La explotación de la yerba mate y el tabaco estaban en un buen momento y eso otorgaba apreciables ingresos económicos, si bien no a todos los habitantes (Cooney, 2011). Pero las cosas habrían de cambiar muy pronto. Uno de los factores que más intensamente generó un ambiente perturbador tuvo directa relación con los acontecimientos que se estaban precipitando en el sur del continente. El 25 de mayo de 1810 caía depuesto en Buenos Aires el virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros y de la Torre (1755-1829). Tras su derrocamiento se integró una Junta Provisional de Gobierno cuya finalidad expresa era gobernar los territorios que pertenecieron al anterior virreinato y las intendencias que habían estado directamente bajo su jurisdicción. La junta era inconfundiblemente monarquista y por ello mantuvo su lealtad al rey Fernando VII de Borbón (1784-1833). Pronto enviaron notas y misiones al Paraguay para obtener el rápido acatamiento a su poder, pero las respuestas fueron negativas. Se produjeron entonces varias idas y venidas con lo que la discrepancia fue subiendo de tono y culminaron con las fallidas intervenciones militares que encabezó el abogado Manuel Belgrano (1770-1920) en el Paraguay. Pese a que sus expectativas eran diferentes y se consideraba a sí mismo la cabeza de una avanzada con nobles propósitos, la población lo recibió con inocultable hostilidad. La incursión acabó en sendas derrotas militares para las tropas porteñas y provinciales, la primera en la batalla de Paraguarí el 19 de enero de 1811 y la segunda en Tacuarí, el 9 de marzo siguiente. La campaña de Belgrano se presentaba con el conveniente rótulo de una expedición libertadora, y así es como hasta ahora se lo retrata en la historiografía argentina. Aunque es claro que en Asunción la percepción sobre su naturaleza era completamente diferente.

La ruptura con Buenos Aires era más que un hecho, solo quedaba dar el paso final y consumar por completo la fractura. Esto se fue gestando en los meses siguientes, con un sentido de urgencia aumentado por algunas actitudes sugestivas del entonces gobernador español Bernardo de Velasco (1765-1822), que apoyó las acciones paraguayas contra Belgrano pero pareció después envuelto en alguna oscura negociación con los lusitanos. Había muchos peligros latentes y era necesario actuar con rapidez. Los riesgos de un ingreso de los portugueses al país o que Velazco pudiera descubrir la conspiración no podían ignorarse. En la noche y madrugada del 14 al 15 de mayo de 1811 los paraguayos pudieron poner en práctica un plan para apropiarse de las armas y tomar el cuartel general. Le ordenaron rendición a Velasco y este se rehusó al inicio, pero aceptó la intimación en la mañana del día 15. Observado a la distancia parece muy afortunado que el gobernador tuviera la lucidez suficiente para comprender que una resistencia en ese momento hubiera sido inútil, pues eso en mucho facilitó que la transición fuera incruenta. Este evento y los lugares físicos relacionados tuvieron desde entonces una gran importancia para la conciencia nacional paraguaya. Cada año los niños en la más tierna edad escolar visitan con sus maestras la Casa de la Independencia, situada en el centro de Asunción, para aprender los detalles de la gesta y contemplar el lugar de donde los próceres salieron amparados en las sombras de la noche para dirigirse al encuentro del gobernador español y perpetrar la asonada. Quizás los imaginan como sombras espectrales, moviéndose sigilosos, evitando ser descubiertos. Los ven cruzar por un delgado pasadizo alumbrado únicamente con las llamas de mortecinas lámparas y que hoy se denomina Callejón histórico. Ambos sitios constituyen apreciados monumentos nacionales en la actualidad.

Los eventos posteriores significaron la consumación final de la independencia nacional. Se estableció un gobierno provisorio que encabezaba el propio Velasco, que aceptó colaborar con los revolucionarios. Lo secundaban el criollo José Gaspar Rodríguez de Francia (1766-1840) y el comerciante español Juan Valeriano de Zevallos. El primero de los nombrados había recibido formación académica en las aulas de la Real Universidad de Córdoba del Tucumán, donde obtuvo el grado de Doctor en Teología en 1785 (Livieres Guggiari, 1984). Gracias a esa condición lo conceptuaban uno de los paraguayos más educados de su tiempo. Este grupo debía permanecer en funciones hasta tanto se celebrara un Congreso que deliberaría una conformación diferente para el gobierno. El mismo se reunió el 19 de junio de 1811. Allí finalmente se destituyó a Velasco del poder y surgió una Junta de Gobierno a cuya cabeza se encontraba el teniente coronel Fulgencio Yegros (1780-1821), acompañado de otros ciudadanos notables, entre ellos Francia. Este último, por discrepancias que mantenía con sus compañeros, tomó la decisión de renunciar al gobierno en un par de ocasiones, pero fue convocado de vuelta para proseguir con su colaboración. Los demás necesitaban de él y sus conocimientos, de lo que Francia era perfectamente consciente. En septiembre de 1812 se volvió a constituir un gobierno del cual formaron parte Francia y Yegros en carácter de cónsules, con un poder en teoría paritario y proporcional. Pero Francia, demostrando ser más astuto e inteligente, fue eclipsando cada vez más a su ocasional compañero y, tras la celebración de otras sesiones del congreso en 1814 y 1816 terminó estableciendo un gobierno unipersonal con claro sesgo autoritario, que se prolongaría sin interrupción hasta su muerte en 1840.

Francia llevó una vida solitaria en la que primó el intelecto, el cálculo y la racionalidad absoluta sobre cualquier interés o apetito sensual (Benitez, 1984). De hábitos casi espartanos, se levantaba temprano al salir el sol, comía un alimento muy frugal y su contracción y disciplina en el trabajo eran completas, abarcando todo el día (Wisner de Mongester, 1923). Pero al mismo tiempo era misántropo, taciturno, irascible y cruel al decir de Báez (1987), cualidades que este suponía las había adquirido en sus años de estricta educación jesuítica. Para la administración del país estableció un control interno de hierro y se condujo de manera implacable con sus adversarios. Se había establecido un clima de rígido orden social, los habitantes podían dormir con las puertas de sus casas abiertas y sin cerrojos, no se tenía el espectáculo triste de los mendigos en las calles (Ribeiro, 2011). Pero el temor que sentía la población era permanente. Francia fue prodigo en medidas drásticas. Comenzó a perseguir a los españoles residentes y les impuso algunas restricciones, entre ellas la prohibición de casarse con mujeres paraguayas. Solo se les permitía hacerlo con indias. Por diversas razones, muchos extranjeros se vieron compelidos a abandonar el país. Además procedió a la nacionalización del clero y truncó cualquier debate interno mediante la aplicación de un cerrado sistema de vigilancia y delación (Irala Burgos, 1988). En este sentido había logrado montar un perfecto sistema de espionaje interno que le permitía enterarse de todo cuanto ocurriera en cualquier sector de la geografía patria y que resultó extraordinariamente efectivo y funcional para el cumplimiento de sus fines (Chaves, 1946). Con este mecanismo la oposición o la disidencia eran prácticamente imposibles. Pero lo más resaltante fue su decisión de cerrar completamente las fronteras del país para evitar cualquier riesgo de intervención foránea, especialmente porteña, aunque también española y aún portuguesa. En esta medida también afloraba otra intención, la de evitar la contaminación de las nuevas ideas en filosofía política. La curiosa excepción para el candado exterior, sin embargo, fue el Brasil, con quienes mantuvo relaciones oficiales hasta 1829. Pese a ello, es evidente que los vecinos del este aprendieron muy bien a conducirse con el dictador sin despertar los mínimos recelos. Esa es la principal razón por la que el comercio con los brasileños a través del puerto de Itapúa continuó muy activo a todo lo largo de la dictadura, pese al fin de los vínculos oficiales (Ramos, 1944).

El mantener controlados a vecinos hostiles y con ambiciones de anexión puede decirse que fue la principal preocupación de Francia. Había que defender la independencia del país al costo que fuera necesario, pues si bien las primeras juntas de gobierno paraguayas eran monarquistas y leales a Fernando VII igual que la Junta Provisional de Gobierno de Buenos Aires en 1810, Francia era decididamente independentista. Mantuvo la autonomía nacional con un celo pocas veces visto pero al costo inmenso de aislar completamente al país y su gente por largos veintiséis años. Los paraguayos de su tiempo dejaron de saber todo sobre el mundo externo y el Paraguay a su vez se convirtió en un misterio insondable para el resto del mundo. Francia sembró de manera absolutamente eficiente no solo el respeto ciego a su persona sino el temor visceral al soberano. Nadie osaba discutir sus decisiones, a veces ni siquiera en el ámbito distendido de las conversaciones familiares. Al cruzarse con él, generalmente por una casualidad no buscada ni deseada, las personas agachaban la mirada para no confrontarlo. Los extremos rigores que definieron su carácter resultan bien conocidos por las descripciones que nos legaron algunos de sus contemporáneos (Rengger y Longchamp, 1827/2010). El miedo al dictador estaba latente en todas partes. La figura patriarcal se potenció notablemente con él. Cuando dejó de existir en 1840, la sola mención de su muerte se extendió como tabú por mucho tiempo. Si necesario era hablar de ello, se hacía en prudente voz baja. Una costumbre muy tradicional, la de sentir manifiesto recelo hacia los gobernantes y desconfiar de ellos, tuvo aquí un germen muy ilustrativo. Como nadie lo encarnó mejor en el Paraguay, el Doctor Francia fue el terror personificado.

En 1840 había pocos con la preparación adecuada para sucederle. Quizás el único era don Carlos Antonio López (1792-1862), un hombre que también se había abocado a los oficios de la práctica privada del derecho y había iniciado así su vida profesional. Cuando el país se reorganizó políticamente luego de la muerte de Francia le tocó primero integrar el gobierno consular con Mariano Roque Alonso (¿1792?-1853), un militar de limitados talentos a quien pronto pudo hacer a un lado para quedar como único regente. López no se apartó demasiado del estilo patriarcal ejercido antes por Francia, aunque redujo en mucho la discrecionalidad de sus acciones. Abrió las fronteras del país un poco más y permitió un incremento de los contactos con el exterior. Así se pudieron oxigenar la cultura y las costumbres. Varias naciones, si bien no todas, reconocieron la independencia del Paraguay durante el lapso que duró su gobierno: Bolivia en 1843 (Scavone Yegros, 2004), Brasil en 1844 (Doratioto, 2006), la Banda Oriental en 1845 (Chaves, 1988), los Estados Unidos en 1852 (Mora y Cooney, 2009), así como la Confederación Argentina en ese mismo año (Benitez, 2003), entre otros. Pero la hostilidad del gobierno de Buenos Aires y sus pretensiones de avasallamiento territorial sobre el Paraguay se mantuvieron inalteradas. La respuesta del presidente siempre fue de inflexible rechazo a este respecto. Sin embargo, tuvo el buen tino político de conservar estas reyertas en un plano diplomático y político sin llegar nunca a consecuencias mayores que pudieran ser contraproducentes para la seguridad y la existencia del país, pese a lo cual se encontró cerca de un intercambio militar naval serio con los Estados Unidos en diciembre de 1858. Este había surgido a consecuencia de las cuestionables acciones comerciales impulsadas por un díscolo ciudadano estadounidense que se hallaba operando en el Paraguay por aquéllos días (Mora y Cooney, 2009) y por un intenso cañoneo que llevó a cabo el destacamento militar en Itapirú contra el barco de pabellón estadounidense USS Water Witch el 1º de febrero de 1855, durante un viaje de exploración por las aguas del Río Paraná. Como contundente respuesta, los Estados Unidos enviaron veinte naves, entre las que se contaban veleros y vapores, una dotación de dos mil quinientos hombres y doscientos cañones (Verón, 2011). La confrontación se evitó, entre otras, por acción de varias oportunas mediaciones, entre ellas la del líder de la Confederación Argentina, el General Justo José de Urquiza (1801-1870). Uno de los aspectos más desafortunados que registra la historia paraguaya es que el hijo mayor de don Carlos y que le habría de suceder en el gobierno careció casi por completo de esta cualidad fundamental de manejar los conflictos con paños fríos. Con el Brasil existieron relaciones cordiales y coincidentes entre 1844 y 1852 que estuvieron motivadas, según apunta Doratioto (2011) por los recelos comunes hacia el tirano Juan Manuel de Rosas (1793-1877), quien desde Buenos Aires representaba un peligro común para ambos países. Pero cuando este fue desalojado del poder en 1852, las relaciones con el Brasil comenzaron a deteriorarse paulatinamente, sobre todo a raíz de los conflictos de límites que aún persistían.

A don Carlos se lo recuerda sobre todo por la ingente labor de impulso a la infraestructura material del país, al punto que un historiador (Cova, 1948) le obsequió una amable comparación con el Zar Pedro I de Rusia (1682-1725), recordado por el servicio que prestó en pro de su patria. López contrató técnicos ingleses en varias ramas que aportaron su experticia para el logro de varias obras de gran porte (Pla, 1984). Construyó el primer ferrocarril en el Río de la Plata, introdujo el telégrafo, organizó la marina mercante y la marina de guerra, favoreció el comercio fluvial internacional (Benitez, 1990) transportando mercancías que llegaron hasta el puerto de Londres inclusive (Cardozo, 1988), impulsó la construcción de los astilleros nacionales gracias a los cuales llegó a disponerse de once vapores de guerra en total (Warren, 1978), edificó la fundición de acero en Ybycuí que podía producir quinientos kilos cada doce horas. Con todas estas iniciativas la economía paraguaya entró en un período de virtual autoabastecimiento, con reducida importación y dependencia de los mercados. No había deuda externa y la divisa paraguaya era moneda fuerte comparada con las demás de la región (Rosa, 1985). Se producía algodón y tabaco de buena calidad. También se exportaban cueros, madera y yerba mate. En el rubro agrícola del algodón el Paraguay tuvo el potencial de situarse entre los principales exportadores en el mundo en cierto momento (Herken Krauer y Giménez de Herken, 1983). Pero aun así, la economía continuaba operando bajo un esquema y un estilo exclusivamente patriarcal, muy semejante al que cultivó el Dr. Francia unos años antes y que ponía algunas dificultades a la inversión extranjera, sobre todo en el rubro más apreciado por estos, el de la producción de la yerba mate (Whigham, 2011). El de la educación fue otro ámbito al que se le brindó peculiar impulso. Estamos ciertos que no habían analfabetos en el país en 1862 (Cangogni y Boris, 1972, Castagnino, 2011), a diferencia de cuanto ocurría en las naciones vecinas. Don Carlos construyó y puso en funcionamiento muchas nuevas escuelas. Estas sumaban cuatrocientas treinta y cinco en toda la geografía nacional al sobrevenir su muerte (Cardozo, 1965). En tiempos del consulado con Alonso fue creada la Academia Literaria que inició actividades el 9 de febrero de 1842 y era el antecedente para el Colegio Nacional que se instituyó posteriormente (Pérez Acosta, 1948). En 1850 se inauguró la Escuela de Derecho Civil y Político y en 1856 el Aula de Filosofía. Para hacer posibles estos emprendimientos educacionales fueron contratados profesores extranjeros. Esto es muy importante además porque en aquéllos años el flujo de la corriente inmigratoria seguía siendo considerablemente reducido en el Paraguay, al punto que en 1850 solo existían ciento cincuenta extranjeros registrados en el Distrito «La Catedral» (Seiferheld, 1984), que a juzgar por la reducida demografía de la época constituía prácticamente toda la ciudad de Asunción. Los contactos de los paraguayos con el mundo exterior también seguían siendo limitados.

En 1862, tras la muerte del gobernante, asumió el control del país Francisco Solano López (1827-1870), hijo mayor de don Carlos, por disposición de un congreso especial que sesionó el 10 de octubre de 1862. El nuevo dirigente ya había participado de algunas funciones en el gobierno, sobre todo encabezando misiones diplomáticas que le fueron encomendadas a Londres, Madrid, París y Turín entre 1853 y 1854 y una mediación exitosa en uno de los muchos conflictos que surgieron entre la Confederación Argentina y Buenos Aires. La personalidad de ambos López, sin embargo, era considerablemente distinta. Y aunque don Carlos no podría ser calificado en los términos de un demócrata aperturista conforme cuanto esto significa para los parámetros modernos, su hijo Solano López fue decididamente un autócrata en el sentido más acabado del concepto. Por supuesto heredó todos los desafíos que anteriormente había tenido su padre, sobre todo en el campo de la política externa, pero les dio una respuesta muy diferente. Los historiadores paraguayos gustan de recordar de manera casi obligada unas palabras que don Carlos manifestó a su hijo cuando ya se hallaba en el lecho de muerte y que llegaron hasta nosotros por la confesión de un contemporáneo y testigo, el Coronel Juan Crisóstomo Centurión (1840-1909). Le habría dicho que siempre prefiriese la pluma a la espada en la solución de los litigios internacionales, sobre todo con el Brasil (Centurión, 1944). Infortunadamente no podemos saber cuáles habrán sido los pensamientos de Solano López en el momento de recibir este consejo, pero es muy claro que no lo llevó en cuenta. Si algo lo identificó como líder político fue la espada, no la pluma. Las consecuencias de esta diferencia de estilos resultaron letales para quien más tarde sería ungido Mariscal, pero mucho peores lo fueron para las generaciones de paraguayos contemporáneas a él y las futuras inclusive. Al comenzar el gobierno de Solano López y en los dos años siguientes las fuerzas militares paraguayas, si bien parecían no sobresalir en la calidad de su entrenamiento (Bareiro Spaini, 2008), eran muy considerables en número y armamento. Su número alcanzó los cuarenta mil efectivos en 1864. Esto le hizo pensar que el Paraguay, basado en esta condición, merecía un lugar de mayor respeto e influencia entre las naciones de la región. Pero la arrogancia característica de sus vecinos, especialmente el gobierno de Buenos Aires y en casi igual medida el del Brasil, demostró que no se encontraban dispuestos a reconocer esto. Solano López pensaba, además, que el Paraguay debía ejercer un rol particular de árbitro de los asuntos políticos que se suscitaran en el Plata (Whigham, 2010). Pronto tuvo la oportunidad de ver su orgullo herido. A la persistente indignación contribuyó además la turbulenta situación política de la región, que era cualquier cosa menos estable y predecible en aquél momento. Igualmente había territorios en disputa con el Brasil y la Confederación Argentina que aumentaban continuamente la tensión.

Cuando el Imperio de don Pedro II (1825-1891) inició sus operaciones en la Banda Oriental en septiembre de 1864, que fueron la causa formal más importante para precipitar el conflicto (Cardozo, 1954), López entendió que esto también constituía una grave afrenta al honor del Paraguay o que este podría ser el siguiente blanco de la campaña expansionista del gran vecino y se consideró forzado a actuar. El resto ya es historia conocida. Los hechos mencionados desencadenaron la guerra más cruenta y salvaje que se haya librado en suelo americano hasta nuestros días y que no solamente confrontó con el Brasil, sino también con una Argentina que comenzaba su dificultosa marcha para unificarse como nación y con la Banda Oriental, cuya respuesta a la iniciativa paraguaya de ir en su ayuda cuando su territorio era ocupado por las fuerzas del Emperador fue volverse en su contra y devolverle el favor al Paraguay con las balas de los cañones. Pese a las razones y los argumentos que se hubiesen podido esgrimir en favor y en contra, López, incluso con su energía y decisión de obrar siempre en favor del engrandecimiento de su patria (Bray, 1945/1995) parece haber carecido de la claridad mental y la serenidad reflexiva para comprender los posibles riesgos y alcances que acarrearían las cruciales decisiones que estaba tomando. Las acciones militares comenzaron en 1865 y culminaron en 1870 con la muerte del Mariscal López en Cerro Corá, el 1º de marzo de 1870. En el interludio, fueron cinco años de privaciones, sufrimientos extremos y exterminio deliberado de toda la infraestructura del país. En los quince meses que constituyeron la parte final de los combates, cuando ya las tropas extranjeras ocupaban el país y el ejército paraguayo se reducía en retirada como una fantasmagórica sombra de lo que una vez fue, participaron todos, ancianos, niños, mujeres y los pocos hombres en edad adulta que aún vivían. Eran verdaderos espectros ambulantes marchando al amparo de banderas deshilachadas. Con el continuo tormento del cansancio, la enfermedad y el hambre a cada paso que daban. Fue lo más semejante a un genocidio que pueda imaginarse. La población quedó reducida a su mínima expresión y muy poco se sostuvo en pie, salvo ruinas humeantes. La reducción demográfica fue enorme. Se habla de 1.337.439 (Du Graty, 1862), 1.300.000 (Godoi, 1912), 1.227.213 (Ashwell, 1989) y hasta 1.000.000 (Fix, 1870) de habitantes en el Paraguay pocos años antes de iniciarse la guerra. A su culminación quedaron algo así como 238.862 (Ganson de Rivas, 1985) o 242.796 (Ashwell, 1989) de sobrevivientes nada más. La reacción y sacrificio extremo que exhibieron los paraguayos hasta ese final tan dantesco siempre fue algo difícil de entender para los extraños y muchos en su tiempo lo atribuyeron a la simplista justificación de un terror visceral a López (Washburn, 1897). Sin embargo, la explicación debe ser buscada en otra parte y es en el sentido de unidad e identidad nacional que el país venía construyendo desde los lejanos tiempos de la colonia, a partir de la unión primigenia con el indio y la apropiación colectiva de su lengua, el guaraní, de las reivindicaciones revolucionarias comuneras, de la acción jesuítica en las misiones, de la mediterraneidad geográfica, de muchas décadas de aislamiento colonial, francista y aún lopizta, de un país al que se lo protegió, con razón suficiente o en absoluto sin ella, de la influencia externa y las ideas renovadoras y se lo impulsó a mirar hacia su interior, para buscar en los resquicios de su vida colectiva los sentidos profundos que encierra su cultura, su singularidad propia y su esencia nacional. Ese es el Paraguay auténtico que está detrás de todas sus manifestaciones políticas, las que se vivieron en el pasado y las que se observan en el presente. Quien no lo entiende así, no podrá comprender nunca a este país. En la defensa que los paraguayos hicieron de su tierra no puede descartarse del todo una influencia del temor que inspiraba López, para lo cual desde luego él se ocupó de cultivar mérito suficiente por sí mismo. Pero era más importante el sentimiento que, si la guerra imponía la victoria final de los aliados, el país dejaría de existir. O acabaría convertido en algo muy diferente, en un coloniaje vil que desconocería las tradiciones más apreciadas por sus habitantes y las suplantaría por elementos extraños. Lo que era querido, respetado y aún reverenciado como parte de las costumbres, terminaría su existencia irreversiblemente. El fin del Paraguay hubiera significado también el menoscabo y la ruina de su gente.

Con la muerte de López se inicia el tiempo de la posguerra. Ya un año antes, cuando las fuerzas paraguayas todavía libraban algunas batallas con desigual fortuna y resultados contra los invasores, los brasileños anclaban sus buques en el puerto y desembarcaban en una desierta Asunción. Instalaron allí un gobierno provisorio el 15 de agosto de 1869, integrado por ciudadanos paraguayos que habían llegado del exilio acompañando a las tropas argentinas comandadas por Bartolomé Mitre (1821-1906) (Decoud, 1930). Unos meses antes, estos mismos hombres habían combatido contra sus connacionales y alineados con los invasores. Ellos resultaron totalmente dóciles a los designios que imponían las potencias de ocupación. No hace falta explicar mucho porqué estas personas nunca gozaron del aprecio popular. Las tropas extranjeras de ocupación permanecieron estacionadas en el país durante algunos años, supervisando de manera muy cercana y estricta cuanto resolvía el gobierno provisorio. Al marcharse el último soldado del Imperio el 22 de junio de 1876 (Salum-Flecha, 2007), los paraguayos comenzaron la gigantesca tarea de reconstruir su futuro y el rediseño del país. Muchas cosas cambiaron y ya no quedaron vestigios de los antiguos regímenes, ni en sus valores ni en sus prácticas. La figura y memoria de Solano López quedó sujeta al más duro oprobio, el que le duró muchos años, hasta que se diera su reivindicación unas décadas más tarde. Las ideas nacionalistas de antaño quedaron olvidadas y fueron suplantadas por un discurso e inclinación política que denotaban un mayor predicamento liberal, más en sintonía con lo que era políticamente aceptable para la época. El 18 de noviembre de 1870 se juró una nueva constitución que refleja de forma muy clara la creciente vigencia de este pensamiento. Como afirma Bogado Rolón (2011), la nueva carta magna representó el paso de seis décadas de estado autoritario y paternalista a una etapa identificada por un liberalismo crudo. Es la época en que se fundan los grupos cívicos que son antecedentes directos de los dos grandes partidos políticos de la actualidad: la Asociación Nacional Republicana (ANR) Partido Colorado y el Partido Liberal Radical Auténtico. La estructura completa del estado se reorganiza. El Paraguay, de haber sido un país con un proyecto de desarrollo nacional autónomo, más implícito que explícito y liderado por Francia y los López, pasó a conocer lo que era la historia común de todos los demás países de la región: la dependencia y el endeudamiento. También se heredan otros contextos indeseados: los de la turbulencia política y la pobreza (Mora, 1993). Los cuartelazos, las revoluciones y los derrocamientos se convierten en la cotidianeidad política. De esta forma transcurrieron las décadas finales del siglo XIX y las primeras del XX.

Antes de promediar la centuria, y sin haberse recuperado aún de las vastas conmociones que produjo la Triple Alianza, de nuevo el Paraguay se vio arrastrado a otra guerra para defender su soberanía territorial, esta vez contra su vecino del norte, Bolivia, en un conflicto que se inició en 1932 y terminó con la firma de la Paz del Chaco en 1935. Y aunque esta vez la victoria oficial fue para el Paraguay, eso no impidió que debiera ceder nuevamente una gran extensión de su territorio a la parte perdidosa. Al año siguiente de 1936 se produjo el golpe de estado del Coronel Rafael Franco (1896-1973), que aunque tuvo corta duración, representó la instalación de las ideas nazi-fascistas en el Paraguay, al menos en lo que respecta al estrato gubernamental (Seiferheld, 1985), en una variopinta combinación de tendencias ideológicas que también incluyó la participación de sectores socialistas. Pero la guerra produjo otras consecuencias importantes en la vida nacional. Una de ellas es el ascenso, lento pero progresivo, de los militares en servicio activo dentro de la vida política de la nación. Esto sería particularmente cierto luego de la llamada Revolución de 1947, que puso término a un experimento de gobierno de corte más aperturista y con respeto mayor de las libertades civiles, el primero con estas características reales que tuvo el Paraguay en toda su historia. Por ello fue bautizada como la primavera democrática. La guerra civil se hizo contra el gobierno militar del General Higinio Morínigo (1897-1983), que administraba el país en alianza circunstancial con el Partido Colorado e involucró en su contra a militares institucionalistas opuestos a la ideologización del ejército, al Partido Liberal, el Partido Revolucionario Febrerista (que emergió con la revolución de 1936) y el Partido Comunista. La lucha duró cinco meses, desde el 8 de marzo al 21 de agosto de 1947. Los insurgentes fueron finalmente aplastados por las fuerzas leales a Morínigo. Esta guerra interna mostró una violencia abrumadora. El saldo trágico que dejó fue de cinco mil muertos y cuatrocientos mil exiliados (Gómez Florentín, 2011). Además, la interrupción del proceso democratizador por el aumento de la hegemonía militar en la política tuvo su colofón siniestro en el surgimiento de la más vergonzante de las dictaduras que haya conocido la historia política paraguaya: la del General Alfredo Stroessner (1912-2006). Con él se inicia un nuevo proceso de cambio, y no precisamente para mejor, en la historia nacional.

Stroessner encabezó un golpe de estado contra el gobierno civil de Federico Chávez (1882-1978). Este cuartelazo lo llevó al poder en 1954 y se mantuvo allí hasta que otra asonada similar lo destronó en febrero de 1989. En los siete años previos a su ascenso hubieron ocho presidentes distintos, con lo cual Stroessner recibía como herencia un sistema caracterizado por la inestabilidad y el faccionalismo (Lambert, 1997). Fueron treinta y cinco largos años de gobierno unipersonal durante el cual se echaron a andar varios procesos políticos que habrían de tener consecuencias duraderas para la formación y el mantenimiento de muchos hábitos de la población que todavía refuerzan las actitudes de los paraguayos. La violencia en sus diferentes formas fue uno de los ejes centrales sobre los que se armó el sustento y mantenimiento del régimen. Lambert (2006) recuerda que estas expresiones incluían no solo la violencia que es inherente a la pobreza, la desigualdad y la exclusión social sino también la coerción deliberada, la represión, el exilio forzado y el miedo. Tomando en préstamo la expresión utilizada por Dangl (2010), Stroessner fue un líder despótico cuyo fantasma acechaba cada concentración política en el Paraguay. El desarrollo e implementación de la dictadura modeló un personaje tan temido como despreciado por la población: el pyrague. Aunque la traducción literal desde el guaraní sería pies peludos, era en realidad un soplón, un delator cuyo blanco eran los opositores al régimen. A eso hacía clara alusión el nombre, los pies recubiertos de pelos permiten un desplazamiento liviano y silencioso, como el de un gato al acecho. Es la figura del espía que recoge información comprometedora sin ser descubierto. Estos siniestros personajes eran ubicuos, nadie conocía sus identidades, pero podían estar como los ojos y oídos del dictador en todo lugar y ambiente, en ruedas de amigos, como compañero de banco en la universidad o en cualquier reunión social. Los pyragues pasaban sus datos directamente a los esbirros de la implacable policía secreta de Stroessner, que los utilizaba en contra de los infortunados que llegasen a ser denunciados. Se procedía entonces contra ellos sin ningún miramiento. Los pyragues eran mantenidos del presupuesto nacional. Recibían salarios de la administración pública y con frecuencia eran empleados del estado. Como señala Chiavenato (1980), los paraguayos no tenían a veces ni en sus propios hogares la plena seguridad de expresarse libremente, ya que quizás alguna empleada del servicio doméstico podría resultar una pyrague bien camuflada cuya misión era espiar la conversación familiar.

El contexto de inicio para este prolongado período de hegemonía y control acérrimo sobre la población fue el de la Guerra Fría, de la confrontación activa entre los ejes del Este y el Oeste, durante el cual el alineamiento con uno de los dos bloques constituía un elemento distintivo en el perfil ideológico de la mayoría de los estados del globo. El de Stroessner fue un gobierno afín al ala liderada por los Estados Unidos y por ello fue un activo propulsor de la Doctrina de la Seguridad Nacional, un esquema activamente utilizado en la época para bloquear cualquier perspectiva que pudiera estar asociada con el socialismo o el comunismo. Leal Buitrago (2003) estima que la influencia se produjo más en el plano de la asimilación de principios que en el de la práctica como tal. Un buen ejemplo es la participación paraguaya en el Operativo Cóndor, un siniestro acuerdo de las dictaduras del Cono Sur (Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay) destinada a capturar comunistas u opositores de un país a otro e intercambiarlos extrajudicialmente. Cóndor era un programa encubierto que integraba la seguridad hemisférica de los Estados Unidos con el fin de articular la represión política para prevenir y revertir la aparición de movimientos emergentes en América Latina, especialmente aquéllos que abogaran por cambios políticos y estructurales (McSherry, 2005). La existencia de este plan fue confirmada documentalmente en 1992 con el hallazgo de los detallados documentos de la policía secreta de Stroessner (Jelin, 2003), que integran lo que se ha denominado como el Archivo del Terror. En el Paraguay de Stroessner el frente más temido y satanizado, del cual siempre se precautelaba a sí mismo para conjurar eventuales infiltraciones ideológicas, reales o supuestas, era la Cuba revolucionaria de Fidel Castro. Como parte de su doctrina oficial, el régimen acuñó el contradictorio lema de la democracia sin comunismo, lo cual sintetizaba muy bien su orientación. Por supuesto, en esta presunta «democracia» tanto el Partido Comunista como los socialistas quedaban absolutamente proscriptos. Para ello los operarios de la represión en el Ministerio del Interior y la Policía de la Capital se apoyaron en conceptos clave como el de la subversión. En el Paraguay, como en otras naciones latinoamericanas, la definición de este constructo que acompañaba a la Doctrina de la Seguridad Nacional no solo incluía a los grupos insurgentes o guerrilleros en sí, sino también a los sindicatos, los movimientos estudiantiles y los campesinos organizados (Brands, 2012). Los primeros años tras el golpe de 1954 transcurrieron con relativa tranquilidad, pero el perfil netamente represivo del régimen comenzó a manifestarse con mucha nitidez en 1959, cuando un grupo de alumnos universitarios y parlamentarios colorados reclamaron mayores libertades públicas (Franco Viedma, 2003). Tuvieron la violencia de la policía como respuesta, lo cual desde entonces habría de configurar un patrón innumerables veces repetido. Durante las décadas de 1970 y 1980 se desplegó un control férreo sobre las actividades de los colegios y las universidades, lo que llevó incluso a episodios como la intervención del Colegio «Cristo Rey», una respetada institución jesuita de enseñanza primaria y media, en el año 1976. Allí se habían puesto en práctica las ideas del influyente pedagogo brasileño Paulo Freire (1921-1997) que perseguían una educación más crítica y liberadora para los alumnos (Freire, 1985). Habida cuenta las diferencias irreconciliables de perspectiva, no sorprende que el colegio haya sido catalogado con mucha facilidad como uno de los principales focos de la subversión (González Delvalle, 2011), dentro por supuesto de los singulares códigos interpretativos que imperaban en el sistema. Para consolidar su predominio Stroessner recurrió además a la vigencia ininterrumpida del estado de sitio, una figura de la Constitución de 1940 y de la de 1967 que debería tener vigencia para situaciones específicas como un conflicto internacional, invasión armada desde el exterior o conmoción interior grave. Durante la dictadura, sin embargo, se aplicó aun cuando las causas reales no existían. La vigencia de este instrumento legal que debería representar una herramienta de carácter preventivo se transformó en un arma eminentemente represiva (González Delvalle, 1998).

El gobierno de Stroessner, sin embargo, no era producto de una ideología propia o complejamente elaborada, sino la aplicación oportunista de fórmulas importadas que ayudaron eficazmente para el mantenimiento del sistema. Históricamente las manifestaciones del pensamiento autoritario en el Paraguay se inician con el Dr. Francia y los López, experimentan un breve retroceso durante la vigencia de los gobiernos liberales desde 1870 a 1936 y se reactivan con la dictadura del General Morínigo, que comienza en 1940 y desemboca en la sangrienta Revolución de 1947 (Rodríguez Alcalá, 1987). Para la última etapa el autoritarismo paraguayo aparece muy asociado con el fascismo. En este punto Stroessner es la expresión más acabada y actual. Su gobierno fue objeto de una aguda personalización del poder, un rasgo muy inherente a los ensayos fascistas (Sartori, 1992). Como complemento ideal se impuso una ideología nacionalista y lopizta, que en realidad ya existía como un pensamiento dominante en el Paraguay al menos desde los comienzos del siglo XX y se había presentado en la forma de una exaltación heroica y patriótica del Mariscal López. Con Stroessner esta perspectiva resultaba completamente funcional y por ello se impuso a fuerza de la propaganda sistemática que impulsaba el régimen, así como de los contenidos para la educación escolar. La persecución y anulación del pensamiento crítico en cualquiera de sus formas, la negación de la libertad de prensa y de la investigación de la historia que pretendiera utilizar una metodología apegada a la ciencia y la objetividad (Doratioto, 2002) para no ser simplemente una repetición ritual y preconcebida de los dogmas y los mitos favorecidos por el sistema, eran otros rasgos característicos. La estructura política impulsada por Stroessner se diferenció de otros gobiernos militares porque logró un importante sustento civil en el Partido Colorado, en cuyo nombre gobernó y al que domesticó y subordinó a un estado de completo servilismo y obediencia. Dentro del partido, Stroessner era aclamado como el único líder. Utilizando el concepto acuñado por el sociólogo Max Weber (1864-1920), Riquelme (1992) lo califica como un partido de patronazgo, encargado de administrar el sistema prebendario y mantener el clientelismo político, proveer una fachada civil que aleje el incómodo espectro de la dictadura y encargarse del control de la población. Así fue como quedó establecida la trilogía de gobierno, partido y fuerzas armadas, de neto corte fascista. Con estas también se inició un proceso de aguda ideologización que las refería como el baluarte principal de las gestas heroicas del pasado y uno de los sostenes principales para la existencia de la nación. Resultaba común entonces la exaltación de las gloriosas fuerzas armadas de la nación. Se instauró el culto de los héroes y con ello también se desnaturalizó el estudio histórico genuino, anulando cualquier crítica científica que pudiera dirigirse hacia las personas o las acciones políticas de Francia y los López. Como ha señalado Rodríguez Alcalá (1987), la historia fue sustituida por el mito.

Stroessner pudo articular un sistema corporativista cuyo funcionamiento premiaba las fidelidades dóciles con impunidad, elevados salarios y participación con ventajas de todo tipo en los negocios y las licitaciones del estado. El padrinazgo o favoritismo político ayudaba a mantener unidos a sus partidarios y era una vía rápida y segura para obtener nuevos prosélitos leales (Lewis, 1986). Estos tenían la garantía de implicarse activamente de la corrupción institucionalizada y con absoluta libertad. Y si eran lo suficientemente cercanos quizás podrían tener la oportunidad de alguna orgía con el dictador, cuya debilidad por las jovencitas era bien conocida. Muchas hijas de padres campesinos o citadinos de humilde condición fueron convertidas en amantes forzadas del supremo a base de engaños perversos, recompensas en dinero o de un simple y directo secuestro (Miranda, 1989). En estos casos cualquier denuncia era completamente inútil. Quienes quisieran dedicarse a actividades ilícitas como el contrabando y la evasión, tendrían asegurada su protección. Los contrabandistas podían obtener el libre paso de sus mercaderías por las rutas del país sin los controles o el pago de impuestos con la simple exhibición de una tarjeta otorgada por alguien poderoso que gozara de la aprobación del gobierno o el ejército. El resto de la población no podía ni soñar con estos privilegios. Sobre los adversarios e indiferentes caía todo el peso del ordenamiento legal. Llegó a hacerse muy común la frase: para los amigos todo, para los indiferentes la ley y para los opositores el garrote. Este manejo de la economía, el aparato productivo y las contrataciones públicas por una camarilla de obsecuentes ambiciosos y voraces condujo a muchas grandes fortunas que se construyeron de la noche a la mañana. La corrupción se convirtió en un cáncer que devoraba a la sociedad. Sus efectos se volvieron culturales y por este motivo también alcanzaron, desde luego, a las masas populares. Todo esto era parte de la concepción excluyente que prevalecía con respecto a las responsabilidades reales de quienes detentaban el poder, pues en el Paraguay casi no se hablaba de gobernar, sino de mandar. La sutileza en esta variación de los conceptos es más que evidente. Tal predicamento continuó presente en el discurso político de algunos importantes referentes del Partido Colorado ya en plena transición a la democracia, de los que un ejemplo destacado es el Vicepresidente de la República Luís María Argaña (1932-1999), asesinado en cumplimiento de sus funciones en marzo de 1999. Y posiblemente esté de más mencionar que si estas palabras eran dichas, es porque había una comunidad de seguidores leales que las aprobaba con entera satisfacción.

En la década de 1970 se inició la construcción de la represa hidroeléctrica de Itaipú, en ese momento la más grande usina del mundo, cuya propiedad es compartida con el Brasil. El desembolso de los créditos para la construcción y las obras civiles generaron un extraordinario circulante de dólares que, para una economía pequeña como es la del Paraguay, representó un rápido aumento del standard de vida de la clase media que resultó muy engañoso, ya que provenía de un proceso circunstancial y de vigencia limitada como era aquélla obra y no de un crecimiento real de la economía. Sin embargo, el régimen lo supo aprovechar muy bien en su beneficio. Itaipú significó también el alineamiento final con los intereses hegemónicos del Brasil, en una fase crítica de las relaciones exteriores del Paraguay que ha sido llamada pendular (Scavone Yegros y Brezzo, 2010), pues se inclinaba de manera regular entre la Argentina y el Brasil, más por conveniencias prácticas que por afinidades ideológicas reales. El acercamiento al coloso sudamericano con las concesiones al uso, disponibilidad real, tarifa y capacidad de venta a terceros países de la energía generada por Itaipú, que con razón ha sido llamado el tratado más colonialista de la historia, significó mucho más sin embargo. Algunos lo han visto como el paso final para colocar al Paraguay en una franca situación de subordinación política con relación a aquél (Méndez, 1971). Stroessner dio los pasos finales para transitar el camino que lleva de la independencia a la dependencia. Cuando comenzó a volverse patente la ancianidad y progresiva declinación del dictador en su vigor y funciones cognitivas, sus seguidores y oportunistas del momento estrenaron la frase Después de Stroessner otro Stroessner, aludiendo en forma abierta al propósito de perpetuar el régimen entronando a su hijo, el Coronel Gustavo Stroessner (1945-2011), a la presidencia de la república, una posibilidad que ha sido finamente satirizada en algunas obras literarias (Trías Coll, 1990). Pero como demostraron los hechos posteriores, esta no sería una opción válida para el desarrollo de la historia.

A diferencia de otras dictaduras latinoamericanas que hallaron apoyo y sustento en las jerarquías eclesiales, la de Stroessner mantuvo relaciones tirantes con la Iglesia Católica, representada sobriamente en la figura del entonces arzobispo de Asunción, Monseñor Ismael Rolón (1914-2010), inclaudicable defensor de los derechos humanos de su feligresía. Las disputas se daban frente a un pueblo cuya identificación tradicional con la fe de Cristo es mayoritaria. En tal sentido Carter (1991) recuerda que la iglesia facilitó espacios y recursos para el disenso, a la vez que ayudó a restar legitimidad al régimen a raíz de sus continuos cuestionamientos. Finalmente, el derrocamiento de Stroessner sobrevino por un golpe de estado que encabezó su consuegro, el General Andrés Rodríguez (1923-1997), en febrero de 1989. Las cusas fundamentales para la crisis del sistema autoritario no estuvieron centradas en la fuerza de la oposición política o social sino en las divisiones intestinas que se desataron en el Partido Colorado y el agotamiento del sistema prebendario (Masi, 1989). La revuelta militar abrió de hecho el camino para la transición hacia la democracia. Una etapa muy accidentada y contradictoria que ha ocupado los últimos veinticuatro años. Los paraguayos han debido convivir con una democracia a la que se califica como de baja calidad, con instituciones muy débiles y vulnerables a la invasión del estamento político, donde la corrupción no ha decrecido sino que incluso puede haber aumentado, con una notoria ineficiencia de los servicios públicos que han mejorado muy poco en relación a las expectativas de la población, donde la educación pública sigue dejando bastante insatisfechos a los ciudadanos y la pobreza extrema se mantiene sobre límites muy altos. Se sustituyó el estilo fuerte y opresivo de Stroessner con gobiernos civiles que en su mayoría han transmitido la imagen de débiles, lo que produjo un incremento extraordinario de la violencia social y la criminalidad. Esta es la crítica principal que esgrimen los nostálgicos del orden tal como lo interpretaba el antiguo régimen. Quizás lo más rescatable del pos stronismo es la vigencia irrestricta de las garantías civiles y la libertad de prensa y de pensamiento. El Partido Colorado continuó con el liderazgo institucional ganando sucesivas elecciones hasta que fue derrotado en el 2008 por Fernando Lugo (1951-), un obispo que colgó los hábitos para entrar a la arena política, en votaciones libres y transparentes. Se produjo la alternancia en forma pacífica por vez primera en la historia paraguaya, de una administración colorada a otra que era fruto de una coalición de liberales y sectores de la izquierda. Este gobierno, sin embargo, no pudo evitar el enorme desgaste que le causaron sus propias ineficiencias y cayó en un juicio político por mal desempeño de funciones, impulsado por la oposición en el congreso y al que se ha visto o como un golpe parlamentario o como la simple aplicación de preceptos que se hallan declarados en la constitución del país, dependiendo agudamente de la afinidad política e ideológica del opinante circunstancial (García, 2012a). En aquélla ocasión, el vicepresidente Federico Franco (1962-) asumió la presidencia por mandato constitucional. Esta situación motivó la irregular suspensión del Paraguay como miembro de algunos organismos internacionales de la región, principalmente el MERCOSUR y UNASUR. La medida se produjo por instigación de los gobiernos vecinos que comparten afinidades ideológicas con Fernando Lugo. Estos, adoptando decisiones políticas que se impusieron a las razones jurídicas, optaron por apartarse de la letra y contenido de los tratados y en el proceso contravinieron abiertamente claras disposiciones que deberían haber regido siempre y sin excepción la actividad de ambos organismos. Las nuevas elecciones que tuvieron lugar el 21 de abril del 2013 y que dieron como ganador a Horacio Cartes (1956-) del Partido Colorado abren muchas incertidumbres para el futuro del país y parecen colocar en entredicho el proceso de renovación política iniciado en el 2008, con sus luces y sombras. Se abre nuevamente así la posibilidad de un retorno al escenario ya conocido de las prácticas sectarias y populistas que durante sesenta años ha identificado sin pausas al Partido Colorado.

Desde la historia y la cultura hacia el comportamiento

Las vicisitudes afrontadas a lo largo de la historia paraguaya han tenido mucho peso en las motivaciones que guían el pensamiento de los intelectuales y en la búsqueda de las claves apropiadas que deben servir para desentrañar lo que podría denominarse las causas profundas y los procesos dinámicos que comprometen su configuración y desarrollo como nación. Quienes primero se ocuparon de estos difíciles problemas fueron escritores de diversa extracción y procedencia, cuyos aportes más característicos tomaron la forma de ensayos interpretativos que centraron sus focos primordiales sobre la historia y la sociología de la nación paraguaya. En estos escritos se encuentran capturadas con frecuencia numerosas y preciosas observaciones que hacen referencia a las manifestaciones comportamentales típicas que comprometen el accionar político de los habitantes de este país. La productividad lograda en estas disciplinas, así como cualquier apreciación respecto a su evolución histórica, han resultado no obstante muy reducidas hasta ahora. La escasa sistematización también ha representado un agudo problema. En este sentido, Caballero Merlo (2011) remarca el carácter fragmentario y puntual que poseen las contadas publicaciones disponibles en el campo de la investigación social. Unas décadas antes que él, Heisecke (1965) y Meliá y Palau (1975) revisaron con detalle la literatura sociológica en el Paraguay, analizando sus principales autores, contribuciones e ideas. Hay, de hecho, una conexión histórica muy esencial entre la sociología y algunas áreas que pertenecen a las ciencias del comportamiento, de manera particular la psicología social. En este país ambas disciplinas tuvieron su nacimiento en idénticos textos y los autores que promovieron a una y otra en los comienzos del siglo XX también fueron los mismos (García, 2003, 2013b).

En el conjunto de libros y ensayos que fueron viendo la luz alternadamente durante las primeras décadas del siglo XX figuran varios autores que se han mostrado atraídos por los pormenores que encierra lo que, en términos muy generales, puede conceptualizarse como el carácter nacional. Las más de las veces sin embargo, esta idea ha resultado más intuitiva que operacional en lo que alcanza al significado y su utilización no ha podido escapar a ciertas persistentes ambiguedades. En una definición clásica que proviene desde fuera del ámbito de la psicología, Barker (1927) lo refirió como una organización mental que conecta las mentes de todos los miembros de una comunidad por lazos y conexiones que son tan finas como la seda y tan firmes como el acero. El problema con este y otros constructos similares es que, como indica claramente Romani (2002), son abstracciones radicales que se tornan imposibles de medir con alguna precisión aceptable tanto en sus atributos como en el rango y eficacia de sus efectos. Es un hecho que los viajes y exploraciones efectuados desde el siglo XVII y la constatación de la diversidad que se encuentra en pueblos y culturas diversas alrededor del mundo llevaron a suponer que diversos factores como el clima y el ambiente, así como las instituciones y los individuos y aún la moral pueden considerarse los causantes fundamentales en las variaciones atribuibles al carácter nacional (Vyverberg, 1989). Estos mismos atributos más las incidencias supuestas del clima y las variantes de la geografía alimentaron también otro género de creencias relacionadas a las fábulas e historias fantásticas que hablaban de exóticas y aterradoras criaturas y monstruos inverosímiles que se escondían siniestros y amenazantes en los territorios bajo exploración (Livingstone, 2008).

El problema del carácter nacional centró la atención de los filósofos e intelectuales franceses al menos desde 1750 y se consolidaron con el triunfo de los ideales republicanos que emergieron luego de la Revolución Francesa (Bell, 2001). Las explicaciones, no obstante, han cobrado abundancia de matices. Un punto de vista influyente fue el que correspondió a autores como Otto Bauer (1881-1938), también Ministro de Relaciones Exteriores de Austria y para quien las naciones modernas deben ser entendidas en cuanto comunidades de caracteres que a su vez surgen de unas comunidades de destino (Bauer, 2000). Otro concepto análogo que también se ha utilizado en paralelo al carácter es el de la identidad nacional, que representa el contexto histórico-cultural dentro del cual se incrusta la actividad humana y por medio del cual se producen, transmiten y reciben los contenidos y procesos de la socialización. Desde luego no se alude aquí a un fenómeno que tenga carácter fijo sino múltiple, dinámico y cambiante (Edensor, 2002). La toma de conciencia sobre estas dinámicas particulares tendría que potenciar una alerta cognitiva que impida incurrir en el uso falaz de nociones dogmáticas, esencialistas y aún naturalistas cuando se haga referencia a la identidad de las naciones (Wodak, de Cilia, Reisigl y Liebhart, 2009). Para demostrar la amplitud de los términos, los aspectos físicos y morales que son propios de un pueblo, así como sus inclinaciones y su genio, también resultan asimilados como componentes corrientes de la identidad. Por ejemplo cuando se sostiene que dos poblaciones comparten características similares puede entenderse por ello que la distancia que pudiera surgir entre una y otra simplemente se circunscribe a las diferencias que están presentes en su educación (Ortiz Quesada, 2009). Estos complejos problemas también han sido analizados por psicólogos de América Latina como Vilanova (2001) quien analizó los autores principales que expresaron ideas sobre el punto en la Argentina de finales del siglo XIX y Salazar (2001), que dirigió el análisis de tradiciones sobre la identidad nacional que surgieron en varias naciones del continente.

En el Paraguay se ha forjado con relativa consistencia una suerte de vertiente intelectual que también alcanza a la psicología en forma directa, porque los escritores que incursionaron en ella no solo establecieron su concepto de la identidad nacional sobre la exhibición de hábitos y comportamientos distintivos de los paraguayos, sino también en base a la asimilación de conceptos tomados y originados en la teorización psicológica para la explicación del surgimiento y mantenimiento de esas mismas peculiaridades (García, 2004, 2005, 2009). Es claro que no fueron observaciones que gozaran del rigor y la parsimonia propias de los constructos científicos. En determinadas circunstancias inclusive se puede observar que están bastante saturadas de subjetividad y sesgos ideológicos. Pero cuando esto ha ocurrido los escritos a que pertenecen igual retuvieron la utilidad fundamental que es brindar algunos marcos de referencia estables para el desarrollo de investigaciones más controladas que pudieran elaborarse con posterioridad. Y aunque estos no fueron evidentemente los propósitos que persiguieron sus autores, también es evidente que una búsqueda que se localice sobre estas fuentes más asociadas con la práctica del ensayo, la literatura y el humanismo son los caminos obligados donde tendría que comenzar una búsqueda organizada que aspire a categorizar de manera eficiente la información que se halla disponible. En este punto es que la historia y la cultura juegan roles fundamentales y se complementan en forma directa. A esto debe agregarse que los intelectuales paraguayos siempre han tomado a aquélla como el campo de expresión privilegiado para sus intereses volcados sobre el origen y el destino último de la nación.

Lo cierto es que cualquier idea que pueda sostenerse respecto a la identidad privativa de los paraguayos y en especial sobre sus manifestaciones comportamentales, y más allá de que resulten o no apropiadas las visiones que nos legaron los autores tradicionales, se encuentran muy entrelazadas con la fusión que se produjo entre la cultura de las etnias aborígenes y la de los conquistadores españoles, fenómeno que comenzó a producirse a muy poco del arribo de estos a las costas del Río Paraguay durante el siglo XVI. Una motivación evidente para cualquier investigación que considere ahondar estos problemas sería descubrir las singularidades intrínsecas que pudieran estimarse como típicas de la mente de los habitantes autóctonos y que a su vez tuvieran el potencial de echar luz sobre las raíces psicológicas que subyacen a esta especial fusión. Quien primero se ocupó de estos asuntos fue el naturalista suizo Moisés Santiago Bertoni (1857-1929) en una serie de escritos menores y sobre todo en dos de sus libros más importantes (Bertoni, 1914, 1956), que recogen numerosas teorías y observaciones referidas a la psicología de los guaraníes. Pero Bertoni era también muy proclive a aceptar como hechos dados algunas suposiciones de las que puede afirmarse, como mínimo, que cuentan con un grado de credibilidad muy limitado. Entre ellas se cuenta la idea que los guaraníes constituyeron una raza superior al punto que sus conocimientos en algunos casos igualaron al de los europeos de la misma época y que las poblaciones humanas a que pertenecen se habrían originado en un continente perdido, sobre el cual se carece de toda evidencia, y que se habría situado en lo que hoy es el Océano Pacífico (García, 2013c). Sin embargo la unión de la dos razas, que podría considerarse análoga a un ejemplo biológico de hibridación como las que se verifican entre poblaciones de origen genético diverso (Ayala, 1980), es un dato cierto. A la unión física cuyos resultados se observan en los rasgos del fenotipo actual puede agregarse otra, tal vez menos visible pero igualmente real y contundente, que apunta hacia la combinación cultural y el surgimiento de características psicológicas típicas o diferenciadas. Estas podrían deberse a la influencia de los condicionantes genéticos y con mayor probabilidad aún, del medio ambiente. Sobre este tópico, elusivo y difícil pero que interpela con claridad el pensamiento es que este autor construyó sus estudios y especulaciones psicológicas referentes a los guaraníes.

El bien cultural más valioso que los habitantes autóctonos transmitieron a la nación paraguaya es su lengua, el guaraní. Y aunque en el país existen unas diecisiete etnias diversas diseminadas en la actualidad (Zanardini y Biedermann, 2001), la relación cultural más fuerte es la que se produjo con los indios carios, aunque no debe ignorarse que en el proceso que condujo al mestizaje practicado por tres siglos igualmente tomaron parte los mbayaes, los jarayes, los payaguaes y otros grupos. Lejos de constituir la herencia de un pasado remoto, el guaraní es una lengua viva que habla y utiliza de manera cotidiana al menos un 88,7 % de la población nacional, cifra que se aplica tanto a los hablantes bilingues con el castellano o monolingues del guaraní (Krivoshein de Canese, 1989). Sin embargo, su rol como agente de comunicación global se puede considerar más extendido en las comunidades del interior del país que en las ciudades que gozan de mayor flujo poblacional. En las clases populares de Asunción el guaraní también aflora en los coloquios de todos los días. Pero en las actividades oficiales, los centros de enseñanza y en la vida de las clases sociales más acomodadas, se halla notoriamente ausente. Sobre las formas concretas que ha adoptado la mezcla de estirpes raciales a lo largo del proceso de formación de la nación paraguaya prevalecen diferentes opiniones, aunque es claro que en esta síntesis dominan los elementos de la cultura europea, en tanto los de la cultura indígena se sumaron a ella como matices únicos en el logro de una sutil amalgama. Al decir de Benitez (1967), el indio se incorpora en la sangre y en la historia. Este mismo autor argumenta que si la realidad hubiera resultado diferente y el elemento indígena hubiera dominado en la combinación tendríamos una cultura afianzada sobre los moldes de su cultura milenaria aborigen y tal vez con solo algunos suaves barnices superficiales de hispanidad. De hecho, esto no es lo que ha ocurrido. Los guaraníes asimilaron de forma sumamente rápida los caracteres físicos que pertenecen al genotipo europeo, así como la mayor parte de sus hábitos y costumbres. Esto hizo que el hombre y la mujer paraguayos, producto final de la singular mezcla, se asemejaran mucho más al europeo en su apariencia externa que cuanto ha ocurrido en el mestizaje de países como Bolivia y Perú, donde los rasgos aborígenes aún se distinguen de forma muy nítida en las poblaciones actuales. En muchos de esos países se conserva incluso el uso de apellidos indígenas, que en el Paraguay comenzaron a perderse ya en la época de la expulsión de los jesuitas (Benitez, 1967). En general, todos los que han escrito sobre la peculiar combinación entre los guaraníes y los conquistadores han enarbolado conclusiones atinentes a la sangre, las costumbres tribales, la fuerza anímica e instintiva y otras características que invariablemente se supone fueron transmitidas a la estructura psicológica del mestizo (Montefilpo Carballo, 1997). Todas estas variables conforman un vasto muestrario que puede guiar investigaciones futuras más empíricas.

Pero en todo ese complejo proceso, y la insistencia en ello no está demás, la lengua ancestral ha cobrado un papel fundamental. Sobre el guaraní, sin embargo, también afloran valoraciones contrapuestas, que van desde las abiertamente despectivas hasta algunas que destacan rasgos positivos. Estas numerosas opiniones con frecuencia son reflejo de una visión fragmentaria del problema, por lo que ha sido común que sus autores adelantaran juicios e impresiones no siempre apoyados en la racionalidad científica. A comienzos del siglo XX el historiador Blas Garay (1873-1899), por ejemplo, defendió el punto de vista más peyorativo que situaba al guaraní como una lengua de carácter esencialmente concreto y con reducidas posibilidades para el logro del pensamiento abstracto. Suponía que esta condición limitaba de manera crítica el pensamiento del indio, así como la del hablante actual (Garay, 1906). Esta conclusión fue desafiada años más tarde por Manuel Gondra (1871-1927), quien remarcó que ciertos aspectos conocidos de la religión de los indígenas no podrían explicarse ni haberse generado en ausencia de un pensamiento abstracto (Gondra, 1942). En cambio Domínguez (1903) creía que la posesión de la lengua guaraní transmitía a los paraguayos el genio del indígena, virtud a la que González (1976) le agregó como valor el ser sinónimo de la síntesis y la claridad, un idioma que excluye las indagaciones indecisas y brumosas, poseedor de una metáfora concentrada y flexible que traduce cuanto matiz pueda acarrear la emoción. Los debates han tenido ribetes semejantes a estos. La importancia histórica que ha tenido la lengua aborigen para la formación del Paraguay como entidad individualizada parece subrayar su papel esencial en la evolución de la conciencia nacional. Durante la colonia el guaraní era hablado por la casi totalidad de la población, lo mismo que en tiempos de la independencia. Y aunque esta se declaró formalmente en documentos escritos en castellano, el pueblo seguía utilizándola como su medio de comunicación preferido y fundamental. Del Doctor Francia se dice que podía hablarlo con gran fluidez y lo utilizaba en sus pláticas cotidianas con la gente. La identificación popular con la lengua no decreció aun cuando se la hubiera dejado a un lado como lengua oficial, sustituida para ello por el idioma de los conquistadores. Su valor como elemento de cohesión popular tampoco debe ser subestimado. En el duro frente de combate durante la Guerra Grande circulaba un periódico llamado Cabichui que en el nombre había consagrado al guaraní como su carta de presentación. Pero el mayor momento de acoso comienza a instalarse luego de culminada la guerra y consumada la derrota. Allí es cuando los gobiernos posteriores a López, muchos de ellos enteramente funcionales a la voluntad de los vencedores o ideológicamente afines a ellos habían intentado menoscabar el uso de esta lengua y aún proscribir su libre utilización. El interés central era instaurar la vigencia del liberalismo y la modernidad para desterrar permanentemente el nacionalismo que habían representado los López. Muchos argumentos se esgrimieron, entre ellos que su práctica volvía estúpido al intelecto. Una forma de destruir la nacionalidad paraguaya, por supuesto, era aniquilando a uno de los factores que más claramente la identificaba a nivel popular. El Congreso Constitucional de 1870, que redactó la primera carta magna de inspiración liberal luego de concluida la guerra, prohibió el uso del guaraní en las sesiones y deliberaciones. Un poco más tarde, quien oficiara de Ministro de Educación en 1894 denunció a la lengua vernácula como enemiga del progreso cultural (Meliá y Cáceres, 2010).

En realidad poco sabemos sobre la verdadera esencia de la cuestión. Y es porque todavía está pendiente un estudio profundo y exhaustivo que pueda esclarecer la influencia real que ejerce el uso de la lengua guaraní sobre los procesos cognitivos de aquéllos que la utilizan para expresarse todos los días y para lo que pudiera considerársela como una especie de funda o envoltorio donde tienen lugar los procesos del pensamiento. Pero más allá de las conclusiones que pudieran alcanzarse al respecto, hay un hecho menos psicológico y más social que condensa la importancia fundamental del guaraní para el comportamiento político de los paraguayos: su papel destacado en la constitución de un sentido firme y coherente de unidad nacional. Esto ya lo remarca con toda razón Whigham (2010) cuando explica que en las décadas previas al estallido de la Guerra contra la Triple Alianza, y mientras en los países vecinos de Argentina y Brasil todavía el proceso de maduración para una visión nacional entendida como algo independiente y separado se hallaba en plena conformación y no cabía verlo sino como una meta de consolidación lejana, los paraguayos ya se representaban a sí mismos como una entidad netamente diferenciada de los demás en función a un elemento fundamental de su cultura: la lengua guaraní. De por sí, este factor ya debería estimarse como suficientemente importante para iniciar su estudio sistemático, aunque el efecto parece aún más fuerte cuando se lo evalúa en asociación con otro rasgo muy característico de la evolución cultural paraguaya: el aislamiento.

Ya hemos visto que en los tramos iniciales de la colonización el Paraguay se consideró el centro privilegiado de la conquista, y desde aquí se ejerció una amplia influencia estratégica que sirvió como apoyo para la avanzada y establecimiento de nuevos focos en vistas a la expansión de la ocupación europea. Esa fue la etapa de gloria primigenia para la colonia. Pero cuando se fue haciendo evidente que el Paraguay y sus alrededores no albergaban los inmensos tesoros que la fantasía y avaricia de los españoles habían dibujado en sus terrenos, y siendo un territorio interior con grandes selvas que bloqueaban el desplazamiento y muy alejado del mar, de los puertos y grandes centros comercialmente prósperos como el de Buenos Aires, la gran atención que en principio se le dispensó fue apagándose lentamente. A ello siguieron las desmembraciones territoriales, la pérdida de la autonomía política y el litoral marítimo y el comienzo de la dependencia. La Revolución Comunera es ya la expresión de la comarca resentida que se descubre marginada y olvidada y exige el goce de mayores derechos, demandando consideración y respeto. Por una serie de factores que no excluyen el sentimiento de expoliación por parte de la corona y los encargados de la burocracia bonaerense, la reacción producida con el movimiento independentista de 1811 no es el de integrarse, sino el opuesto de segregarse. El Paraguay elige la separación, ya se percibe como algo distinto. Además existe la clara comprensión que con la metrópolis porteña y sus habitantes no tiene casi nada en común. Son percibidos como extraños, portadores orgullosos y arrogantes de una tradición distante y diferente. A la soledad geográfica se fue sumando de a poco el solipsismo cultural, hasta llegar con el Doctor Francia al punto máximo del enclaustramiento, el que toma forma de aislamiento político. El Paraguay entonces se desarrolla solo, crece y avanza sin la ayuda de los demás. Nada tenemos que ver con los vecinos y con el mundo y ellos nada saben de nosotros. Los habitantes pierden así todo referente externo y consolidan su visión centrada únicamente en la fuerza que irradian sus tradiciones históricas. Comienza a transformarse en un tesoro a descubrir para sí mismo y en un enigma creciente e incomprensible para el resto del mundo. Este es el germen más claro que puede hallarse para el nacionalismo y la construcción progresiva de una identidad propia y diferenciada. Conduce, invariablemente, a una revalorización colectiva de la fuerza de sus valores y costumbres. Pero desde el exterior, lo que no se conoce bien o se interpreta mal puede generar una peligrosa desconfianza, y esta puede evolucionar después hacia una franca hostilidad. Y la animadversión que se promueve hacia las naciones, especialmente en el contexto inestable que caracterizaba al siglo XIX, podía crear el terreno propicio para el estallido de nuevas guerras.

El tradicional aislamiento paraguayo pudo haberse atenuado con algunos de los gobiernos posteriores, pero nunca desapareció por completo. Don Carlos Antonio López abrió las fronteras del país y permitió un contacto limitado aunque mayor de lo que habría sido posible con el Doctor Francia. Con la irrupción de la guerra se pudo notar dramáticamente como los paraguayos se encontraron de frente a lo que en apariencia se presentaba sofísticamente como una guerra de liberación contra el tirano López por parte de las potencias invasoras. Pero los hechos en verdad representaron la colisión entre dos mundos opuestos, uno que preconizaba la convivencia sobre las bases de una filosofía inclinada hacia la liberalización social en su concepción más clásica y la otra centrada en un desarrollo autónomo y, hasta donde ello fuere posible, autosuficiente. Desde luego, no debe olvidarse que las acciones de los ejércitos de la Triple Alianza estuvieron bien sustentadas en acuerdos secretos que estipulaban el desmembramiento territorial del Paraguay (Mora Rodas, 2011) luego de finalizadas las operaciones militares. Por otra parte, es cierto que durante el gobierno de Francisco Solano López, él y su refinada amante irlandesa Alicia Lynch (1835-1886) intentaron introducir la moda y costumbres de la vida cortesana europea (Barreto Valinotti, 2011, Lillis y Fanning, 2009) al contexto mucho más simple y humilde de las prácticas tradicionales del Paraguay, para dar por un tiempo la impresión superficial y caprichosa de una asimilación glamorosa de los usos que imponía la civilización del viejo mundo. Pero tales excentricidades del poder nunca llegaron a modificar a fondo las costumbres de la gente común, que a la distancia contemplaban estos derroches con callada perplejidad. Los gobiernos de la pos guerra y los que ejercieron estas funciones durante las tres primeras décadas del siglo XX fueron quienes se mostraron más aperturistas a las influencias reales de las costumbres y el pensamiento externo. Pero con la llegada de las dictaduras militares a comienzos de la década de 1940 y especialmente con la de Stroessner en 1954, el aislacionismo tradicional paraguayo se reconfigura y cobra vigencia una vez más. Es lo que el escritor Rivarola Matto (1987) llamó una vez la isla sin mar. En el caso de este último gobernante, la situación obedeció primero a la desconfianza y el temor que despertaban el marxismo ateo y apátrida o cualquier cosa que pudiera sonar como un cuestionamiento para los censores del régimen. Pero también respondían a la conveniencia de tener controlados los vínculos de los ciudadanos con el exterior, purgando a tiempo y sin demoras las influencias que resultaran inconvenientes. Pero a partir del gobierno de Jimmy Carter (1924-) que comenzó en 1977 en los Estados Unidos de América y la recuperación democrática de la Argentina bajo la administración de Raúl Alfonsin (1927-2009) que se inició a partir de 1983 (Paredes, 2011), el aislamiento del país ya no fue elección arbitraria de la oligarquía local para cubrir con la sombra y el silencio sus necesidades internas o su aversión a la crítica libre sino una imposición de la política externa que no podía ser manejada al antojo y conveniencia del régimen. Era claro que los gobiernos civiles de la región ya no se hallaban a gusto con una rémora anquilosada del pasado como Stroessner. Pese a que lo formó y sostuvo la barrera anticomunista que se había diseñado para el equilibrio global en los cincuenta, los sesenta y los setenta, ya no era lo políticamente correcto para aquél momento. Esta vez el dictador, y no ya solo su pueblo manso y sometido, estaban completamente solos. La segregación impuesta al Paraguay con relación al mundo externo por parte de sus gobernantes militares afectó al país de múltiples maneras. A modo de ejemplo, es una de las explicaciones principales para el escaso aporte a la cultura contemporánea y a la investigación científica, entre ellas la psicológica, que se puede verificar con facilidad al revisar muchas de las principales bases de datos que contienen la literatura especializada (García, 2012b).

Pero la permanencia tan prolongada de Stroessner en el poder de la República no se debió a que fuera un gran e inteligente estratega o a que hubiera logrado un control tan ramificado y eficiente como lo tuvo el Doctor Francia. En general, Stroessner fue un hombre de modestas luces. Las razones de su vigencia se deben más bien a la persistencia de elementos culturales muy poderosos que en algunos casos pueden ser rastreados incluso hasta los lejanos días de la colonia. Miranda (1992) resumió algunas de las tendencias que han predispuesto desde largo tiempo a la aceptación de gobiernos autoritarios por parte de los paraguayos. Este es un país que en los años iniciales de su historia no tuvo la fortuna de constituir élites poderosas porque siempre estuvo limitado al reducido comercio que podía desarrollarse desde sus puertos interiores y con mucho menor movimiento si se comparan a las aduanas del Río de la Plata. Encerrada en su mediterraneidad y bajo la égida de gobiernos que con frecuencia ejercían su autoridad en una forma arbitraria, la población aprendió a ser callada y sumisa, temerosa del poder y un poco resignada a aceptar cuanto decide el que manda. Las dictaduras de Francia y los López transmitieron la impresión de la estabilidad y la tranquilidad, con lo que se asumía de forma implícita que estas condiciones de vida se pueden conseguir solo con la presencia de gobiernos fuertes. Este es un aspecto que los habitantes de este país parecen haber apreciado de manera característica en todas las épocas de su historia. Aún hoy una de las críticas más frecuentes contra la democracia es que durante el imperio de la dictadura, la de Stroessner en este caso, se vivía con mucha más tranquilidad que en la época posterior de los gobernantes civiles, donde la inseguridad ciudadana ha crecido ostensiblemente. De hecho en América Latina, Paraguay es uno de los países donde la población otorga menor respaldo al sistema democrático, con una estimación de apenas el 22 % de la población que apoya su vigencia (Mendonca, 2002). Este, a su vez, es visto por muchos como sinónimo de corrupción y enriquecimiento ilícito de unos pocos. Todo lo dicho permite entender por qué la gente confiere un atractivo especial a los gobiernos fuertes, y cuando la elección tiene que darse entre los civiles y los militares, son los últimos los que llevan las palmas. El paraguayo típico se habituó por muchas décadas de domesticación a ceder su libertad a los que le gobiernan, a permitirles pensar por ellos diciéndoles lo que es correcto y lo que no, lo que conviene hacer y lo que no, cuáles deben ser sus ideas políticas aceptadas y cuáles deben evitarse y que los que ostentan el poder son los que deben estar encargados de solucionar todos sus problemas, de manera similar a como los padres lo hacen con sus hijos. También aprendió que -y esta es una idea insuflada en profundidad por los seguidores de Stroessner en el cerebro de los paraguayos- que la política es mala, sucia y peligrosa, sobre todo cuando es para llevar adelante una tarea de oposición. Igualmente se le hizo familiar la advertencia de consecuencias nefastas que podrían cernirse sobre los que resulten disidentes al sistema y que es mejor dedicarse a las cuestiones privadas que le corresponden a cada uno en su vida personal y familiar, dejando que los políticos de turno se ocupen de los problemas acuciantes del país. Es difícil imaginar un caldo de cultivo más eficiente que este para el fortalecimiento del autoritarismo y la sumisión. Y los paraguayos han tenido que respirar este aire intoxicado durante casi toda su historia como nación independiente.

Tales situaciones explican muchos de los aspectos que se representan en las actitudes políticas de los ciudadanos. Por ejemplo, ayudan a entender por qué durante la era reciente de la transición a la democracia se ha entregado una y otra vez el sufragio popular mayoritario a los referentes del mismo partido político que sostuvo a los gobiernos dictatoriales durante al menos el último medio siglo y les dieron una fachada tímidamente civilista, aunque engañosa. Pese a numerosos defectos como la persistencia ininterrumpida de la corrupción, la escasa capacidad operativa de las sucesivas administraciones para potenciar un progreso nacional significativo en áreas como la salud, la educación y el control de la violencia y la criminalidad, la respuesta obtenida de los votantes ha sido la de una preferencia invariable hacia sus exponentes. No es que no existan críticas y desilusiones muy manifiestas o que no hayan surgido grupos intelectualmente opuestos y con una visión diferente de la política, del país y de su futuro. Pero a la hora de la verdad se prefiere siempre al mal conocido que al mal por conocer. Esta es la expresión más acabada y perfecta del conservadurismo político, es la base sincrética más evidente para que los viejos hábitos de la convivencia colectiva permanezcan inalterados.

Los exponentes de la política tradicional, por su parte, se han mostrado siempre proclives a advertir que la elección y posterior incorporación de otras opciones políticas en las jornadas eleccionarias podría significar la vuelta del país a la anarquía, el desorden y el odio entre paraguayos. En ese discurso se evoca siempre de manera subrepticia pero consistente a los hechos de la revolución de 1947, cuyos ingratos episodios permanecen vivos en el recuerdo de los paraguayos. La política práctica, y en este caso el aparato estatal por encima de todo, se han convertido en el sostén material real para los favores recibidos a cambio del voto. Stroessner perfeccionó de manera superlativa una visión que ya afloraba con claridad durante el gobierno de los López, y que consiste en la apropiación del estado y sus bienes materiales por parte de los grupos que ejercen el poder circunstancialmente, que de esta forma pasan a integrar su acervo normal y con la plena discrecionalidad y derecho para disponerlos en beneficio de personas y grupos que se comporten de maneras amigables. Esta forma de recibir dádivas del estado es lo que en el Paraguay se ha denominado prebendarismo, es decir favores obtenidos desde la estructura del estado a cambio de gestos y fidelidades políticas. El paraguayo comprendió así que, pese a cuanto se declare formalmente en el discurso, la política y todas sus esferas subordinadas de acción en realidad no conforman espacios destinados a una lucha cívica por la consecución del bien público sino algo parecido a una simple tienda de aprovisionamiento donde se pueden recibir puestos, salarios, favores, influencias y beneficios diversos de acuerdo a la voluntad y la acción de los gobiernos. El estado se convierte en el gran empleador y el primer proveedor del ciudadano. El que hayan individuos que reciben un salario de la administración pública sin que tengan necesidad de trabajar como lo hacen todos los demás sino solo de percibir su paga cada fin de mes, y que popularmente reciben el nombre de planilleros, es una realidad corriente y conocida por todos. En días de elecciones, habrá representantes de los partidos políticos, sobre todo los tradicionales, entre cuyas estrategias se incluirá el ofrecer dinero a los votantes a cambio de la apropiación de sus cédulas de identidad policial o que les pagarán con dinero en efectivo para capturar sus votos a favor de una determinada opción política. Y lo peor aún, habrá ciudadanos que estarán esperando a que alguien se les acerque con esta clase de propuestas para sacarles al menos un mínimo provecho material. Aquí es donde se comprueba la ruina de la democracia en cuanto concepto. En esta acción que envilece por igual al corruptor y al corrompido, la convivencia deseada sobre las bases de la responsabilidad colectiva en la construcción del país recibe una herida de muerte y pierde casi todo su sentido. Desde luego estos comportamientos se tipifican como delitos y existen leyes explícitas que los reprimen. Pero el uso y la costumbre social resultan más fuertes y los mismos órganos jurisdiccionales que se encargan de su control y penalización, al constatar la fuerza inmensa que impone la inercia, hacen menos de lo que en realidad podrían para eliminarlos definitivamente. Es un escenario donde se renuncia al derecho a elegir, al deber superior de transformar activamente la sociedad y a la utilización de la racionalidad aplicada como vía de cambio. En su reemplazo, los principios cívicos terminan amarrados a la urgencia que imponen las necesidades primarias y el practicismo oportunista del momento. Con la vigencia de estas costumbres se consuman de nuevo las antiguas expresiones y los vicios repetitivos que conducen a la dependencia, la subordinación y la preferencia por la estructura autoritaria y paternal que tan presentes han estado en el comportamiento político de los paraguayos desde las horas más tempranas de su historia como nación.

Comentarios finales

Como cualquier otra variante que puede asumir el comportamiento humano, las que conciernen a los hábitos políticos característicos de un individuo, un grupo o una colectividad, así como la forma en que estos orientan el contenido de su pensamiento en dirección a objetos o metas que comprometen la participación humana en los asuntos referentes a la administración de los asuntos públicos y la concepción de los grandes intereses sociales de una región o un país, están indefectiblemente sujetos a los procesos que se despliegan durante la socialización del niño. Entre ellos se incluyen la asimilación de pautas diversas a través del aprendizaje social y la imitación de modelos. Es por eso que el individuo es a la vez parte y fruto de las singularidades irrepetibles que configuran su historia y su cultura. Las acciones humanas no emergen del vacío o en un limbo ideal donde reinan los absolutos y las ideas abstractas. Por el contrario, ellas son parte de un mundo concreto y preciso, cambiante, en movimiento perpetuo, dotado de historicidad, con necesidades, problemas reales y respuestas de adaptación colectiva que lo determinan y modelan a cada momento. Para comprender a cabalidad algo tan complejo y sensible a influencias de variada índole como es el comportamiento político de las personas que integran un grupo social, es inevitable adentrarse en los procesos internos que se generan dentro de la sociedad que los formó. Esto llevará al análisis de los diferentes modos como el colectivo ha debido responder a los desafíos afrontados como sociedad global a lo largo del tiempo y los hábitos, inclinaciones, valores, metas e interpretaciones usuales que se asignan a los elementos que enriquecen su entorno y que se han consolidado con los años para sustentar lo más representativo de su tradición cultural. En este capítulo se ha explicado por qué el Paraguay tuvo un desarrollo nacional muy accidentado que lo enfrentó a numerosos momentos adversos durante su historia. Estos lo han situado, conforme a la opinión de varios escritores nacionales (Domínguez, 1903, González, 1976, Prieto, 1988), en una suerte de encrucijada irrepetible donde se combinan, por una parte, aspectos de la geografía física, el clima, el medio ambiente y peculiaridades del comportamiento de su gente con, por otra parte, la presencia de líderes, conductores sociales, personajes identificados con su cultura y su entorno social, situaciones y aspectos que afloran en el trato social cotidiano tanto positivos como negativos que han sentado condiciones únicas en su evolución como nación, y que hacen a la diferencia al compararlos con individuos nacidos en otros entornos. En esta pluralidad de elementos se encuentra capturado el sedimento único que explica la razón para esta compleja constitución de conductas, creencias, actitudes, estereotipos, valores e inclinaciones diversas que pueden verse como el marco de fondo para sus acciones y sentimientos. Ellas afectan la capacidad de análisis y valoración de los individuos para cuanto objeto o símbolo de relevancia pueda aparecer como significativo en el medio que los rodea.

La psicología es el estudio sistemático del comportamiento y la cognición. En el proceso que identifica su evolución como ciencia se percibe como esta disciplina ha depurado la metodología que aplica a sus estudios de una manera creciente y consistente, lo cual se logró gracias al desarrollo efectivo de estrategias confiables que sirven al propósito de un análisis riguroso de su objeto, así como a la clarificación de las fuentes desde donde opera la acción causal cuando es dirigida hacia el modelado de la conducta. Gracias a estos avances es mucho lo que ha podido aprenderse en relación a los fundamentos genéticos que conciernen al comportamiento, aunque también es relevante la información recogida sobre las modalidades concretas en que el ambiente externo incide sobre el aprendizaje del individuo y en la formación de las singularidades que hacen posible hablar de la adquisición de hábitos típicos, explicables en términos de leyes generales. De esta forma es como la historia y la cultura se integran en cuanto componentes activos dentro de esa dinámica continua que ejerce el medio ambiente sobre cada uno de nosotros. Por ello tanto una como la otra aportan elementos de gran interés para el estudio de las costumbres y los usos sociales en general y de la conducta política en particular tal y como la exhiben los habitantes de este país. Lo que resulta pertinente afirmar a este respecto es que la historia no condiciona solamente el comportamiento político sino el conjunto de las acciones culturales y sociales de los paraguayos, entre las cuales lo político constituye una dimensión particular que integra un todo que puede entreverse como mucho más general. Aunque el inicio de una línea de investigación cuyo objetivo sea abarcar todos los aspectos relevantes del problema es un proyecto que apenas se encuentra en sus fases preliminares, en el Paraguay se dispone de una larga y rica tradición de ensayística histórica y social que analiza de manera directa o secundaria muchas aristas de esta cuestión desde hace más de un siglo. Los escritos relacionados ofrecen ideas e insumos de fundamental importancia para el avance de una psicología política a ser implementada sobre la base sólida que ofrecen la teoría y la metodología científica contemporánea. Con lo expuesto en estas páginas se manifiestan algunas de las inferencias, claves y propuestas que puede entregar esa producción intelectual en particular. Queda así delimitado un amplio y atractivo campo de estudios que guarda el potencial de expandirse mucho en el futuro y con un predecible impacto en el diseño de políticas sociales, en los esfuerzos por estimular la participación ciudadana y en la educación cívica. En el análisis y discusión que sobrevengan como consecuencia de las investigaciones que habrán de realizarse, la psicología tendrá una vez más la posibilidad de probar su reconocida virtud para irradiar esa peculiar luz esclarecedora que le es propia sobre los vastos interrogantes que aún aguardan su turno para ser respondidos. Para el observador atento del comportamiento muchos son los enigmas que surgen acerca del carácter final de la singularidad humana y sus profundas interacciones con el amplio espectro que forman la sociedad, la cultura y la historia.

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Pour citer ce document

José E. García, «El proyecto de una psicologia politica en el paraguay o el equilibrio entre historia, cultura y comportamiento», Les cahiers psychologie politique [En ligne], numéro 23, Juillet 2013. URL : http://lodel.irevues.inist.fr/cahierspsychologiepolitique/index.php?id=2530

Quelques mots à propos de :  José E. García

Universidad Católica, Asunción, Paraguay